Alejandro Poiré: Motivo de orgullo

No se suele convocar a la transformación desde la complacencia. Todo lo contrario

Alejandro Poiré: Motivo de orgullo

Se instaló en una parte importante de la opinión pública, hace algunos años, la perversa noción de una generación del fracaso. Ante la notoriedad de muchas de las carencias que caracterizan a nuestro país, se gestó una convocatoria permanente, profunda, a la indignación ciudadana. Parte de ese impulso es positivo. No se suele convocar a la transformación desde la complacencia. Todo lo contrario. Y lejos estamos de haber siquiera atendido con éxito modesto la mayor parte de nuestros retos, entre otras cosas porque éstos siguen evolucionando.

Pero una parte del discurso de la indignación y del fracaso es profundamente pernicioso y debe ser abandonada. Pareciera que tenemos que ver a México ganarle a Alemania en el Mundial y escuchar la invitación del Chicharito para que imaginemos cosas chingonas para reconocer que el nuestro es un país lleno de motivos de orgullo y de palancas para convocar nuestro entusiasmo por el futuro.

Una de ellas es, sin lugar a dudas, la construcción de una autoridad electoral que cumple plenamente con el mandato que hace apenas una generación le impusimos, y que a pesar de que insistimos en debilitar, sigue rindiendo frutos valiosos para toda la población. Cuando yo voté por primera vez, en 1991, veníamos de una elección en la que las irregularidades fueron notorias y profusas, en las que los resultados electorales se computaban y emitían por una dependencia del gobierno que actuaba al servicio del PRI, y en donde apenas empezábamos el largo trayecto de construcción de un padrón confiable de ciudadanos en la elección.

En las contiendas estatales de aquel sexenio, se acuñó el término concertacesión para tipificar las negociaciones que más o menos explícitamente se llevaban a cabo entre las autoridades federales y los partidos de oposición para respetar, a medias y no siempre, la voluntad de los ciudadanos en las urnas.

Menos de 30 años después, asistiremos a la elección más grande y compleja de la historia, con el padrón más grande y confiable de la historia, conducido por una autoridad electoral, el INE, integrada por el acuerdo de las distintas fuerzas políticas, y que en su conducción ha mostrado, a pesar de la dificultad inherente a ser un órgano colegiado, competencia, autonomía, arrojo y consistencia. Después de múltiples oleadas de reformas electorales, algunas más acertadas que otras, los mexicanos podemos decir, con orgullo, que tenemos uno de los sistemas de elecciones más confiables y seguros del mundo. Y que por más que las encuestas nos muestren que un candidato tiene amplia ventaja, o que existan nostálgicos que sueñen con que las maquinarias les resuelvan sus angustias, el resultado que importa hoy no lo sabe nadie, sino que será el producto de lo que millones de mexicanos elijamos el domingo 1 de julio. Eso, en sí mismo, es motivo de orgullo.

En menos de treinta años lo logramos. Viniendo de un sistema que básicamente se fundaba en dos principios: la existencia contenida del pluralismo y la certeza del triunfo del partido en el poder.

No minimicemos ese logro. Es una tranformación épica. No significa esto que el reto esté concluido, ni que no existan riesgos latentes que deben atenderse. Pero sí es plataforma de certeza, tanto para quienes creemos en la democracia,
como para todos los mexicanos, que hoy sabemos que todo puede cambiar.

 

Alejandro Poiré
@ALEJANDROPOIRE
DECANO DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO TECNOLÓGICO DE MONTERREY

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