Alejandro Poiré: El mito del mandato

La incógnita fundamental, la de si serán capaces Anaya o Meade de derrotar a Andrés Manuel López Obrador

Alejandro Poiré: El mito del mandato

Falta mucho en la contienda presidencial. Dos debates, los efectos de la renuncia de Margarita Zavala, y las implicaciones del aplazamiento en la negociación del TLCAN, además de cualquier sorpresa que pudiera generarse con nueva información. Y sin embargo, cada vez falta menos tiempo, y se estrechan los márgenes para un cambio de pronóstico. Estrictamente, cuarenta y tres días para la jornada electoral, menos de la mitad de la campaña. En lo que viene, interesa observar, desde luego, la incógnita fundamental, la de si serán capaces Anaya o Meade de derrotar a Andrés Manuel López Obrador. Pero es crucial también, especialmente desde quienes ahora se perciben liderando la contienda, entender cómo interpretan su ventaja y con ello su posible triunfo.

 

Importa mucho, ya hemos dicho aquí, lo que prometen los políticos. Pero importa tanto o más lo que los candidatos electos conciben como las razones que han llevado a la gente a votarles; es crucial observar cómo construyen la narrativa de su eventual éxito, es decir de su mandato. Con base en ese supuesto mandato priorizarán tareas, construirán coaliciones, enfocarán recursos, y explicarán sus acciones. La barbarie permanente de las declaraciones de Trump es justamente ejemplo de ello; de un pretendido mandato antiinmigrante que responde y resuena con sus promesas de campaña.

 

En 1990, Robert Dahl, uno de los teóricos más importantes de la democracia contemporánea, publicó una contundente crítica a la noción de un mandato presidencial en la política estadounidense. En síntesis, además de argumentar sobre la impudicia de interpretar instantáneamente las motivaciones de las personas detrás de su voto sin mediar estudios académicos medianamente detallados, Dahl alertaba contra la idea de que es siquiera posible la construcción de una conexión estricta entre la presidencia y la opinión mayoritaria de los ciudadanos. ¿Cómo se va a poder subsumir una expresión de voluntades en un voto? Y la crítica sigue siendo pertinente no solo porque la complejidad de las decisiones humanas es enorme, sino porque la propia teoría democrática ha demostrado que los grupos de personas no solemos tener preferencias coherentes incluso sobre las decisiones más sencillas. Por ello, recuerda Dahl, tan legítimo es que se elija a una sola persona para ejercer la presidencia, como necesario reconocer que las voluntades de la población están dispersas en un sinnúmero de cargos congresionales y locales en una democracia federal.

 

Y sin embargo, también reconoce Dahl en ese elegante ensayo que el mito del mandato es una característica permanente de todas las presidencias modernas–no solamente en los Estados Unidos. Para el ejercicio del poder, y porque necesitarán construir una narrativa de gobierno, quienes ganen toda elección presidencial buscarán coherencia entre las promesas que han hecho y su propia interpretación del voto que les respalde.

 

Ante la eventualidad de un resultado holgado en favor de AMLO, es urgente retomar la advertencia pluralista de Dahl. Por más que la oferta de que juntos haremos historia para llevar a cabo la cuarta transformación de México tenga coherencia para quienes la voten, y sentido para quien la encabece, es indispensable la prudencia, moderación y conocimiento democrático para reconocer que tal mandato es siempre un mito. Que lo que se ofrece detrás de un voto no es mucho más que un rechazo al status quo y un respaldo contingente.

 

Alejandro Poiré

Decano

Ciencias Sociales y Gobierno

Tecnológico de Monterrey

19 de mayo, 2018

@AlejandroPoire

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