Alejandro Peña García: Razón y Pasión

El ejercicio de la inteligencia, de la lectura por placer a la formulación de una filosofía o la dirección de una universidad, es una aplicación de fuerza

Columna Invitada / Rodolfo Lara Ponte / El Heraldo de México
Columna Invitada / Rodolfo Lara Ponte / El Heraldo de México

La razón no impera en el mundo social, pero precisamente por ello hay que hacer que impere, decía el dominicano Pedro Henríquez Ureña.

Hacer que impere la razón es una labor saludable y necesaria en todos los espacios de discusión pública.

Pero erramos el camino si partimos de una idea restringida de la razón. De hecho, muchas veces es contraproducente aplicar la inflexible racionalidad técnica, científica o legalista en contextos que requieren un uso flexible de la razón, un uso razonable de las habilidades intelectuales.

Henríquez Ureña (1884-1946) incluía en el centro del concepto de intelectualidad la idea de tensión.

El ejercicio de la inteligencia, de la lectura por placer a la formulación de una filosofía o la dirección de una universidad, es una aplicación de fuerza, un uso de la energía vital. El ejercicio intelectual se define por el tipo y grado de tensión mental e interpersonal con que se desarrolla. De esa tensión vive la inteligencia y por ella produce.

La tensión intelectual es una entre muchas intensidades en la vida de los seres humanos. Para los intelectuales (en general para quienes se dedican a la producción del conocimiento), la tensión de la inteligencia llega a ser la principal e imprescindible fuerza de la vida. Se trata de una íntima tensión del espíritu, energía aplicada en leer, escribir, discutir, publicar, dar discursos, etc. La tensión intelectual es una modalidad ubicua y persistente dentro de las diversas actividades de pensar, hacer y sentir.

La razón comanda, al menos ésa es la tendencia que parece serle natural. Pero siempre nutrida de sentimientos, en gran medida traduciendo los impulsos y conflictos de los sentimientos en obras del intelecto.

El tipo de tensión intelectual varía, según se trate de un novelista, un profesor, un activista social, un político o un funcionario, pero todos tienen que negociar y hacer concesiones con el entorno para que avancen las ideas y proyectos que más les interesan. La tensión intelectual, en tanto uso de la energía vital, abarca mucho más que el ejercicio de la razón. Y aún más, resulta claro que la racionalidad (expresada en comportamientos, modos de pensar y de decir) se vive y funciona pasionalmente. Cualesquiera sentimientos (miedo, alegría, odio, amor…) pueden dar fuerza a la inteligencia.

El ejercicio de la inteligencia implica placer o displacer, en el esfuerzo, los pequeños logros de la mente, los escollos, los obstáculos, la impotencia.

Experimentarse incapaz para ciertas batallas o bien sentir cómo se va dominando una materia, el gusto plenamente erótico de dar con una clave, cuando se entienden por fin ciertas cosas.

Pero la razón sigue siendo fría.

No puede dejar de dudar por mucho tiempo, necesita distancia, mirar las cosas desde distintas perspectivas, incluyendo las que contrarían los propios deseos.

 

Doctor en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

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