Maldito 19 de septiembre

Hoy veo la misma pesadumbre, la misma solidaridad que hace 32 años. Veo a sociedad y autoridades trabajando como uno mismo

Nunca pensé que volvería a vivir la pesadilla. No en la Ciudad de México. Pero la naturaleza es caprichosa, poderosa e impredecible. El terremoto nos golpeó de nuevo y sacudió nuestras consciencias. Aunque la dimensión de la tragedia es muy distinta a la de 1985, es tragedia al fin.

En aquel 19 de septiembre, el tiempo se detuvo a las 7:19 de la mañana. Todos estábamos en shock y así permanecimos durante horas, días. Estoy convencido de que si aquel terremoto hubiera ocurrido más tarde, como el de ahora, la desgracia habría sido aún mayor. En el terremoto del 85 estudiaba y trabajaba, tenía 20 años. También entonces se colapsó la movilidad de la ciudad. El Metro no funcionaba y el tránsito estaba desquiciado. Mi coche no tenia radio, así que no pude enterarme de lo que pasaba. Casi no avanzaba. Estacioné al auto donde pude y comencé a caminar.

Paseo de la Reforma estaba cerrado, lleno de gente que caminaba con la mirada perdida. Algunos ensangrentados y cubiertos de polvo. El crujido al pisar los vidrios rotos en el piso era constante, más los gritos para que nadie fumara por el riesgo de las fugas de gas. Nunca olvidaré el golpeteo de las botas de los soldados, a paso veloz, que llegaban para ubicarse y acordonar las zonas de riesgo, que eran prácticamente todas. El cierre iba desde las puertas del Bosque de Chapultepec hasta más allá de Avenida Juárez. Parecía zona de guerra.

Tardé varias horas en encontrar a mi novia, que después sería mi esposa. No podía creer que Televisa Chapultepec, donde trabajaba entonces, había casi desaparecido. Al llegar, Emilio Azcárraga Milmo evaluaba los daños y organizada regresar al aire cuanto antes.

Entonces no existía el internet, ni las redes sociales, ni los celulares que hoy han sido de gran ayuda. En los minutos posteriores al terremoto, los teléfonos móviles fueron la vía más eficiente de comunicación. Las redes sociales -Twitter principalmente-, confirmaron ser la más eficiente herramienta para difundir información, pero no faltaron los irresponsables propagando mentiras. Nunca se conoció con certeza el número de muertos hace 32 años.

Hoy fue más fácil y rápido localizar a los queridos para saber si estaban bien. Hoy fue más fácil y rápido tener una idea clara de la dimensión de la tragedia. Hoy, la incredulidad provocada por los irresponsables de las redes sociales retrasó la ayuda en algunos casos. En otros, gracias a las redes, la ayuda fluyó más rápido. Los simulacros, programas de protección civil y planes de emergencia del gobierno dieron buenos resultados.

Hoy veo la misma pesadumbre, la misma solidaridad. Veo a sociedad y autoridades trabajando como uno mismo. Por fortuna, los gobiernos hoy reaccionaron de inmediato. Sin duda, estamos mejor preparados, pero nunca lo estaremos lo suficiente para entender la tragedia. Así es la condición humana.

 

Columna anterior: Los jugadores (parte III): PRI

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