Africa del Norte, mosaico ardiente

Argelia, Sudán, Libia y Egipto atraviesan unas transiciones contradictorias y tempestuosas

Marta Tawil / Agenda Levantina / Heraldo de México
Marta Tawil / Agenda Levantina / Heraldo de México

Africa encabeza los titulares de la prensa internacional desde hace varias semanas.En apenas 10 días, cayeron dos presidentes por la presión popular: Omar al-Bashir, de Sudán, y Abdelaziz Buteflika, de Argelia.

En Egipto, el mandatario Abdel Fatah al Sisi inició un proceso de enmienda de la Constitución que erradique las últimas conquistas de la revolución de 2011 y permita a Al Sisi permanecer en el poder hasta el 2030.

Libia entró a su tercera guerra civil desde 2011. El desencadenante fue un intento de Jalifa Haftar, El señor de la guerra que controla el este de Libia, de apoderarse de la capital, Trípoli, por la fuerza.

No estamos frente a una segunda Primavera Árabe, pues los disturbios y la violencia tienen lugar en contextos bastante diferentes. Pero sí presagian nuevas movilizaciones.

En Sudán, donde casi la mitad de la población vive en la pobreza, el ejército sigue esforzándose por preservar el poder desde la caída de Al-Bashir y la dimisión de su sucesor (un militar).

La caída del presidente, que se aferró al poder durante 30 años, fue el primer paso en una lucha que puede ser larga y compleja contra la dictadura y sus partidarios islamistas, que controlan el Estado profundo.

Países regionales amenazan la transición, principalmente Arabia Saudita y Emiratos. La participación militar de Sudán en la guerra en Yemen que esos países del Golfo encabezan hace que éstos vean al Ejército sudanés como un importante aliado, que deben alejar de la órbita de países como Qatar y Turquía.

Mientras tanto, el mariscal egipcio Abdel Fatah al Sisi, que en 2013 derrocó al primer presidente civil del país, Mohamed Morsi, tiene previsto someter a su país a una situación de golpe de Estado permanente.

Detrás de la cortina de humo de la lucha contra el terrorismo, Egipto ha sido testigo de la mayor represión de su historia moderna contra la oposición pacífica, ya sea islamista o secular. Mantenerse en el poder es la única garantía para Al Sisi de asegurar su impunidad, incluso en detrimento del delicado equilibrio que intenta mantener con los militares.

En Libia, desde 2014 el mariscal del llamado Ejército Nacional Libio, Jalifa Hafter, acumuló armas, poder y territorios.

En septiembre de 2016 arrebató al Gobierno de Unidad Nacional (GUN) cuatro puertos petroleros situados en las proximidades de Sirte; mientras que en 2017 consiguió tomar Bengazi después de tres años de asedio.

El pasado febrero se hizo en el sudoeste del país con los yacimientos de Sharara, el más grande de Libia. El 4 de abril, Heftar atacó Trípoli, donde carece de apoyo; decenas milicias lo consideran un criminal de guerra y se han unido para detenerlo. No obstante, Jalifa Hafter goza del respaldo de Egipto y Emiratos; en el continente Europeo, principalmente de los franceses.

Atestiguamos un mosaico de piezas ardientes. Libia y Argelia están en la región del Magreb (donde el sol se pone) en África del Norte, parte occidental del mundo árabe que corresponde al espacio cultural árabe-bereber (también se incluyen los países de Marruecos, Túnez y Mauritania).

Egipto es parte del Machrek (Levante) que designa al oriente árabe hasta Iraq y la península arábiga, sin embargo su interdependencia con el Magreb es compleja, profunda e indiscutible, como la es la de Sudán (en los bordes del Norte de África) con Egipto.

Lo que ocurre en esta región es reflejo de unas transiciones contradictorias y tempestuosas. Y sin importar la capacidad real de los regímenes para sofocar a la disidencia, su supervivencia nunca será un hecho consumado.

 

*Investigadora de El Colmex

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