Acrobacias de vida

Dice una expresión popular que se toca el cielo cuando algo te produce una felicidad tan infinita como esa capa azul que nos cubre, pero ¿Realmente se puede tocar el cielo?

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Suena idílico hacer algo tan intangible como tocarlo, palparlo, sentirlo. Sin embargo, hay sucesos en la vida que nos permiten usar la metáfora, aunque yo tuve la suerte de haberlo tocado de manera más literal hace tiempo.

En Houston se desarrollaba cada año una edición de un festival aéreo en donde prestigiados pilotos hacían impresionantes acrobacias en el aire.

Con el fin de promover el evento, un día fui a hacer un reportaje al respecto y, para mi sorpresa, estaba todo listo para que yo abordara uno de los aviones y viviera la experiencia completa desde el lugar de los hechos.

No iba preparada para semejante hazaña y me confieso poco intrépida para ese tipo de aventuras y riesgos, pero no hubo más que enfundarse en el jumpsuite verde militar y escuchar el protocolo de seguridad en el que, con terror, puse especial atención a la parte en la que se me explicó que, de prenderse en llamas el avión, iba a tener que apretar el botón de eject y saltar en mi paracaídas.

Con eso en mente abordé temblando el MIG 23 que me esperaba con la cápsula abierta. Éste es un modelo de avión caza ruso que se construyó en el esplendor de la época de la guerra fría. El piloto me esperaba emocionado muy a lo Top Gun, así que nos fuimos directos a la pista de despegue para llevarme a tocar el cielo.

Apenas me estaba poniendo cómoda cuando el avión ya estaba moviéndose a una velocidad casi cósmica a punto de volar en total vertical hacia el espacio. El piloto me iba explicando por la diadema de comunicación todas sus maniobras como si yo entendiera de aviación y en realidad era como si me hablara chino ¿Qué sabía yo de aviones y piruetas y fuerzas G en el aire? Hasta que lo empecé a experimentar.

Volamos hacia el golfo de México para que allí me mostrara su pericia acrobática aérea. La nave comenzó a dar vueltas sobre su mismo eje como si fuera una tortilla tostándose en el comal llegando al punto en el que, en mi cápsula transparente, entre el azul del cielo y el azul del mar, ya no podía distinguir si estábamos de cabeza o de pie; sí, había una delgada línea de horizonte, pero ¿cuál era mi techo y cuál mi suelo?

Eso comenzó a generarme tal ansiedad que, después de muchas vueltas en el aire peores que las de cualquier montaña rusa, le pedí al piloto que volviéramos a tierra a recuperarme.

Podría decir que eso es lo más cerca que he estado de tocar el cielo, pero sin duda alguna entendí que soy de esas personas a las que le gusta tener los pies bien puestos sobre la tierra y, por si alguien me promete que me hará tocar el cielo, ¡aprendí a salir corriendo!

POR ATALA SARMIENTO
COLUMNAS.ESCENA@ELHERALDODEMEXICO.COM
@ATASARMI

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