Jorge Carlos Ramírez Marín: Abejas

Poco más del 70% de las cosechas a nivel mundial necesitan ser polinizadas por abejas

Jorge Carlos Ramírez Marín: Abejas

Es muy probable que al ver volar una abeja cerca de nosotros, nos preocupe más el poder aplastarla que dejarla en paz. Por alguna extraña razón se les concibe como insectos violentos, como un riesgo y no como verdaderos agentes de desarrollo. Hoy día no hemos sido capaces, como humanidad, de adoptar una verdadera conciencia conservacionista respecto a estos minúsculos seres.

Poco más del 70% de las cosechas a nivel mundial necesitan ser polinizadas por abejas; o sea, cada que usted y yo nos sentamos a la mesa a comer dependemos directamente del trabajo poco apreciado de ellas. Lo mismo sucede a los animales destinados al consumo humano: aquello que ingieren no se salva de la interacción natural con nuestras poco comprendidas amigas. ¿Lo había pensado?

Sin duda existen sustitutos a la polinización natural; sin embargo, son procesos muy caros y tardados, el costo de una cosecha sería prácticamente inalcanzable, incosteable. La mano del hombre no está preparada para competir con los procesos milenarios perfectamente sincronizados por la naturaleza.

Desde 1950, la disminución en el número de colmenas en el mundo ha sido preocupante. Probablemente no habíamos visualizado la profundidad de este problema; si por alguna razón la humanidad en su necedad prescindiera de las abejas, nuestra existencia estaría condenada a la supervivencia, al caos y, posteriormente, a la extinción.

Intente visualizarlo de la siguiente forma: las abejas son parte fundamental de una cadena biológica perfecta, de la cual dependemos, y no nos podemos abstraer. Son un factor decisivo en la producción de ozono, oxígeno y de nuestros alimentos. Digamos que son el principio de la siembra, de la cosecha, de la nutrición y, de paso, de la purificación del aire que llevamos a nuestros pulmones. A pesar de ello, al verlas decidimos pagarles con un manotazo.

Albert Einstein declaró que el día que se extingan las abejas, la humanidad estaría condenada a desaparecer en un lapso no mayor a cuatro años. Entonces sí olvidémonos de la democracia, del concepto de ciudadanía, de partidos políticos y de la educación, el trabajo diario, los momentos en familia y los seres amados, el ocio, el arte, la felicidad…

¿Apocalíptico? Sin duda. La civilización tal cual la conocemos no es ajena al trabajo y existencia de las abejas. Pregúntese entonces ¿de que ha servido nuestro esfuerzo desarrollador si nos hemos dedicado a destruir a su principal agente? La naturaleza, penosamente, puede prescindir de algunas especies que se extinguen, pero para su continuidad de operaciones precisa de estos insectos, y del respeto y la conciencia que los humanos desarrollemos en el corto plazo.

Es nuestro deber cuidar y nutrir el entorno para el sano desarrollo de las abejas.

Sin duda hay otros problemas que nos aquejan y tenemos que enfrentar, pero mediante la voluntad y la imaginación es urgente desarrollar políticas públicas que den solución a un problema que nos afecta a todos.

Por ello decidí abordar este tema y lo adopté como la principal propuesta en mi campaña, por las implicaciones que tiene no sólo para Yucatán, sino para la región. Ahora lo expongo ante el Pleno del Senado, como un punto de acuerdo para retomar la emergencia ambiental que se vive, proponiendo medidas para la preservación de las abejas, a fin de reducir los riesgos que su desaparición podría generar en la producción agrícola.

Adopte una colmena, siembre flores, y cada que vea una abeja agradézcale y déjela en paz. Permítale ser libre.

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