LA MANIGUA

Democracia, campañas y marchas

La justicia social que enmarca a las marchas y manifestaciones ciudadanas está interceptada por las palancas que movilizan voces y conciencias desde fuera y se engarzan en los discursos con la promoción y publicidad.

OPINIÓN

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María Cecilia Ghersi / La Manigua / Opinión El Heraldo de México Créditos: EspecialCréditos: El Heraldo de México

El poder del pueblo, la democracia, los mandatos constitucionales, los derechos de la ciudadanía, los intereses del electorado,  frases y palabras que han calado desde nuestros más viejos discursos que se declaman hoy en templetes frente a las masas crédulas. Pareciera que creemos ciegamente en todos esos símbolos donde enarbolamos banderas, y suponemos que es desde ahí cómo funcionan las decisiones, los resultados de los supuestos debates y recordamos escenas como en los libros de texto, con asambleas que velan por nuestro presente y futuro protagonizadas por líderes. Los errores de todos los borramos de inmediato y usamos la palabra “soberanía” como si en realidad perteneciéramos a una masa compacta que acude a las elecciones segura de lo que cree y decidida por el bien de un territorio que no terminamos de recorrer ni kilómetros, ni en letras ni cifras.  Como si nada externo, foráneo ni extraño a la verdad sumara a los acontecimientos nacionales intereses desprovistos de patriotismo. 
 
Nada más alejado de la democracia, pues este compendio de definiciones y creencias se mezcla con conflictos que desconocemos y se construye a puertas cerradas. La ciudadanía sobrevuela caótica lejos, sin adivinar los laberintos y los intereses particulares de partidos y jefes ideológicos que le concentran en actos masivos. 
 
La justicia social que enmarca a las marchas y manifestaciones ciudadanas está interceptada por las palancas que movilizan voces y conciencias desde fuera y  se engarzan en los discursos con la promoción y publicidad de alguna idea que se transporta como sea y  lleva a las urnas la cantidad de votos necesarios para obtener el mando y el poder. Se vuelve entonces una justicia estratégica y entre la defensa de los planes maestros de cada campaña y cada golpe que dar al opuesto, el pluralismo que se evoca y la libertad de pensamiento al que se le lanzan astutas plegarias se va limitando por las añejas costumbres de hacer diagnósticos y crear historias a través de pasos que gritan por la empatía y disfrazan a cualquiera de vocero. Ya todo escrito y dicho,  todo manoseado y reinterpretado en los diarios por décadas, el discurso a todo pulmón se vale del interés real de pocos. 
 
Las consignas se asoman como lemas y ahora caben en el ecosistema digital para remover fuerzas de lo que en estas democracias llaman  “fuerza popular”. Una mezcolanza de alabanzas y pareceres desemboca en opiniones rancias, argumentos inexactos y una verdad siempre a medias que es el titular y el comentario de la semana en los medios. Una marcha exitosa según unos, una real mediocridad para otros, una marcha interesada por el país exclaman los asistentes, una oposición sin recursos inteligentes, critican otros. Un vocero con pasado cuestionable reprendiendo a los nuevos que ya pronto lo tendrán, unos viejos con una cola muy extensa regañando a aquellos que apenas la empiezan a alimentar. La democracia, así le llaman, este compendio de voces improvisadas que crean “transparencia” tras las prisas por acurrucarse entre unos y otros y sacar el boleto ganador en la agencia de medios y encuestas. 
 
La democracia actual, que divaga en tiktok, comunica mal, desinforma al ciudadano y asume pasiones electorales que enriquecen a un “Estado independiente” donde hay de todo menos igualdad, hay de todo menos decisión conjunta y hay de todo menos información efectiva sobre las propuestas que dicen actualizar.  La popularidad de unos y otros es el bastión de las alabanzas y la carne que alimenta la carnada. La pesca de votos con el anzuelo de antaño que se mete a medias en las aguas profundas y arriesga lo que la publicidad le indica.  El bailongo, el video, el selfie, las risas ante una completa tragedia, el saludo ante la desidia, la postura de vencedores, las manos siempre en alto, las entrevistas a ingenuos, las frases con un “carajo” al final,  los blancos en instagram, los pobres en el teléfono de monedas buscando el pago del domingo que les prometieron en la marcha, los olvidados en casas de papel, los supremos haciéndose los ingenuos, los caminantes, alebrestando un debate que no existe porque el poder decide solo, paga y se da el cambio sin chistar. 
 
América Latina, la democracia, las campañas, las marchas, el batidillo.