MALOS MODOS

“Una jauría llamada Ernesto”, de Everardo González

Es probable que Everardo González, el director, no esté de acuerdo con esto

OPINIÓN

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Julio Patán / Malos Modos / Opinión El Heraldo de MéxicoCréditos: Especial

Es probable que Everardo González, el director, no esté de acuerdo con esto, pero probablemente la primera palabra que trae “Una jauría llamada Ernesto” es “desolación”.

Que esto no se tome como una mala crítica. Todo lo contrario. El testimonio colectivo de los jóvenes y hasta niños armados, muchos, que se suman a las filas del crimen organizado, un testimonio que Everardo cuenta con talento despojado, muy a pie de calle, sin concesiones al esteticismo, es el retrato cabal, preciso, devastador, de un México, sí, roto, invadido por la violencia más cruel, en el que casi se justifica la tentación de ponerse apocalíptico y hablar con términos grandotes y mamones como “Estado fallido”, “país en ruinas” o “fracaso civilizatorio”.

Sintomáticamente, las crónicas en primera persona que ofrecen estos chicos, todos filmados de espaldas, es decir, sin rostro, se distinguen por la casi absoluta ausencia de culpas, o sea, por la ausencia de esa palabra que no le gusta al presidente: “empatía”. Al margen de su condición doble de víctimas y victimarios, estos niños y jóvenes, hijos de la marginación y la pobreza, son la encarnación misma del aplanamiento emocional y la falta de estructuras éticas, al menos si hablamos de una ética digamos convencional, esa que tiene que ver con el otro y la conciencia de la muerte.  

La segunda palabra que viene a la cabeza es “valentía”. Más allá del notable talento con fue realizada y del valor testimonial único que la distingue, la película implica eso, valentía, para encarar y contar sin melodramatismos y, por supuesto, sin concesiones al optimismo ñoño un fenómeno de violencia tan doloroso como el de “Una jauría llamada Ernesto”.

Pero si esa valentía merece admiración, no merece tanta sorpresa. Documentalista extraordinario con varias películas de primer orden en la hoja curricular (busquen “La canción del pulque”, “Los ladrones viejos” o “El cielo abierto”, disponibles, si no me equivoco, en Filminlatino), Everardo se acercó antes al fenómeno de la violencia mafiosa en “La libertad del diablo”, otro testimonio coral de víctimas y victimarios de la violencia gangsteril –militares, asesinos, civiles víctimas de las mafias–, igualmente desolador, que protagonizan asimismo personas sin rostro, en ese caso gracias a máscaras terriblemente perturbadoras que nos remiten a las que usan quienes han sufrido quemaduras en la cara. 

No me parece excesivo decir que, en conjunto, estas dos películas hacen de Everardo uno de los narradores más eficaces de la violencia mexicana, en el cine o donde sea. Disponible en Vix, “Una jauría…” nos recuerda también la importancia de las plataformas para un género, como el documental, que no solía tener ni medios de producción ni foros suficientes para llegar a los espectadores. No se la pierdan. 

POR JULIO PATÁN 

COLABORADOR

@JULIOPATAN09

MAAZ