COLUMNA INVITADA

Carlos Pellicer

Conoció el desierto y Baja California. Se cautivó con la sobriedad de los horizontes

OPINIÓN

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Antonio Meza Estrada / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

Él era un romántico en su expresión y un transformador en su escritura social. Llegó un medio día a la ciudad de Mexicali, invitado por la Universidad. Hizo una lectura de poemas en el aula magna y nos estremeció con sus vivencias en el descubrimiento de la arqueología en todo el territorio nacional, en particular en el sureste de nuestro país.

“En cada montículo hay una pirámide y en cada comunidad una historia de vida… los ancianos hablan con el orgullo del pasado aún presente”, nos dijo en su charla.

Se dio un tiempo y visitó los estudios de Radio Universidad. Fui su anfitrión….

Lo dejé hablar y leernos sus poemas. Al referirse a la tragedia de Guatemala, asaltada por la violencia en un golpe de Estado, patrocinado por las empresas plataneras extranjeras... y la llegada de los Castillo Armas, generaciones de dictadores latinoamericanos, eclipse de nuestras democracias.

Nos leyó al micrófono su “Cananea”…. “No he de hablar de la sangre con que el niño al nacer, mancha su acto de nacimiento”… la modesta estación de radio se creció esa tarde con la presencia del maestro.

Acusó de sus sentimientos cuando pausó, con su voz tranquila, casi apagada: “Que se cierre esa puerta; que se cierre esa puerta… que no me deja estar a solas con tus besos”.

Y terminó su mensaje radial con el bello poema de la plaza pública donde él observó, quizá en su San Juan Bautista (Tabasco): “Los grupos de palomas, notas, claves, silencios, alteraciones, —que— modifican el ritmo de la loma”.

Pellicer conoció antes, en un viaje de estudios, el desierto y la Baja California. Se cautivó con la sobriedad de los horizontes sin mácula y de los cielos transparentes y acunados por las estrellas por la noche.

Creo que ese fue uno de sus últimos viajes. Iniciaba el invierno de aquel año y antes de la siguiente primavera, rindió tributo a su agua, porque no a la tierra, que tanto  amó.

POR ANTONIO MEZA ESTRADA
COLABORADOR
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MAAZ