VIOLENCIA

Violencia contenida: un espejismo

La administración del presidente López Obrador ha encontrado una forma de descafeinar las terribles cifras de violencia durante estos primeros tres años de gobierno

OPINIÓN

·
Carlos Matienzo / Columna invitada/ Opinión El Heraldo de México

La administración del presidente López Obrador ha encontrado una forma de descafeinar las terribles cifras de violencia durante estos primeros tres años de gobierno. Pese a que nos encontramos en el punto más alto de asesinatos en la historia reciente del país, el gobierno se ha justificado –y por momentos hasta se ha congratulado- bajo la idea de que se logró contener la violencia; es decir, que los asesinatos han dejado de crecer. El propio presidente, en su tercer informe de gobierno, presumió la pírrica reducción del 2% en los homicidios dolosos.

Más allá de que nadie debería lanzar las campanas al vuelo por “estabilizar” la violencia en el punto más alto de la historia, lo cierto es que es un espejismo, pues no en todo el país los asesinatos están contenidos. Aquí se comete un error común: observar las cifras nacionales y asumir que éstas son un reflejo de lo que sucede en la totalidad del territorio. En realidad, se han cruzado las tendencias decrecientes de algunas entidades con otras donde los asesinatos siguen creciendo. Es decir, la falsa ilusión de la “violencia contenida” no es otra cosa que el agregado de realidades muy distintas que se viven en el país.

Mientras que en el estado de Guerrero, de 2018 a 2020, los asesinatos cayeron un 45% con 1,020 casos menos, en Guanajuato han crecido 28% con 748 casos más. En Tamaulipas y Sinaloa, conjuntamente, se dejaron de cometer 566 asesinatos, pero sólo en Michoacán se cometieron 638 asesinatos adicionales en el mismo periodo. Este fenómeno se hace aún más evidente cuando analizamos ciudades. Tan sólo en Ciudad Juárez se cometieron 414 asesinatos más entre 2018 y 2020, esto es superior al doble de los que cayeron en Ciudad de México.

Lo más grave es que en la mayoría de los estados donde están aumentando los asesinatos es donde hay presencia del crimen organizado, es decir, ahí donde la responsabilidad del gobierno federal es mayor o donde se esperaría que su estrategia tenga mayor impacto. Guanajuato, Michoacán, Sonora, Chihuahua, Zacatecas y Jalisco, encabezan la lista de entidades donde se registra un mayor aumento absoluto de asesinatos. Mientras que en la lista de entidades con mayor reducción se cuelan estados como Ciudad de México, Puebla o Oaxaca, donde no necesariamente hay presencia de conflictos criminales o donde la mayor parte de las acciones en materia de seguridad son llevadas a cabo por las autoridades locales (como en la capital del país, donde al mando de Omar Harfuch se han logrado reducir la mayoría de los delitos).

En suma, la cifra nacional de asesinatos está generando una falsa percepción de violencia contenida. El gobierno está muy equivocado si, con base en esas cifras, cree que su estrategia está teniendo éxito. Los datos y las notas de inseguridad que llegan desde ciudades como Juárez en Chihuahua o Fresnillo en Zacatecas, nos confirman que en buena parte del país la violencia no sólo continúa, sino que se ha recrudecido. A la luz de los resultados en las entidades con mayor presencia del crimen organizado, vale la pena cuestionar si realmente ha funcionado la estrategia de los “abrazos, no balazos” o si de algo sirvió aumentar el despliegue militar a través de la Guardia Nacional.

En tres sexenios de conflictos criminales desde el arranque de la “Guerra contra las Drogas”, una y otra vez, los gobiernos federales han cometido el error de mirar al país desde una visión centralista que les hace pensar que las cifras nacionales son un reflejo homogéneo del resto del país. Nunca ha sido así, mientras algunas ciudades se encuentran en relativa paz, hay otras donde se vive una auténtica tragedia. Y ese autoengaño gubernamental no es otra cosa que el síntoma de uno de los principales problemas de esta guerra fallida: la excesiva centralización de la política de seguridad; la obstinación de afrontar un problema complejo y de características regionales distintas, con una política de seguridad nacional que quiere resolver todo de tajo.

Por Carlos Matienzo, analista de Seguridad y Socio-Director de DataInt.