NOTAS SIN PAUTA

Nuevo León, tierra de la simulación política

La forma en que los habitantes del estado de Nuevo León suelen decidir a sus gobernantes es cuando menos rara

OPINIÓN

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Arturo Rodríguez García / Notas sin Pauta / Opinión El Heraldo de México

La forma en que los habitantes del estado de Nuevo León suelen decidir a sus gobernantes es cuando menos rara. Difícilmente otra entidad federativa elegiría a un político con pocas luces pero lo suficientemente pintoresco y dicharachero como Jaime Rodríguez Calderón en 2015, o a su relevo generacional, Samuel García Sepúlveda, quien el próximo fin de semana asumirá la gubernatura.

Sucederá si, como todo parece indicar, el Instituto Nacional Electoral (INE) acata la instrucción de del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) para sancionar al hoy gobernador electo como ya lo hizo con el partido Movimiento Ciudadano, con una multa sin más.

Quizás una explicación de la conducta electoral, ciertamente subjetiva, sea que los neoleoneses lo han intentado todo, pero no logran ver la simulación:

Se inconformaron por los escándalos de corrupción que envolvieron a Sócrates Rizzo quien renunció en 1996; fue sustituido, con amplias simpatías populares, por Benjamín Clariond, que durante año y medio ejerció para entregarle la estafeta a su primo y socio, el panista Fernando Canales Clariond.

Parentesco y sociedad fueron irrelevantes para un electorado que celebraba la incipiente democracia mexicana cuyo producto de aquel momento era la alternancia… así fuera entre parientes y socios. Canales no acabó. Cedió la estafeta a Fernando Elizondo Barragán, su tesorero, alto ejecutivo del sector acerero donde los apellidos Clariond y Canales pesaban por entonces, panista hijo del exgobernador priísta, Eduardo

Elizondo (1967-1971) defenestrado en su tiempo y miembro del poderoso despacho Santos, Elizondo, Cantú, Rivera, González, De la Garza, Mendoza. En ese despacho, el apellido González era por José Natividad González González, socio del veterano Eduardo Elizondo, cuyos hijos se sucedieron en los tempranos dosmiles en la gobernatura: Fernando el panista, entregó la estafeta en renovada alternancia al priísta José Natividad González Parás, en 2003. Prosapia innegable: Natividad es descendiente del primer gobernador de Nuevo León en el México independiente, José María de Jesús Parás y Ballesteros (1825-1827 y 1848-1850).

Con la violencia y los escándalos de corrupción desbordados por negocios inmobiliarios y contratismo en obras que beneficiaban a sus parientes en las constructoras Docsa y destacadamente la de sus cuñados los Maiz Mier, Natividad cultivó a su “delfín”, Rodrigo Medina de la Cruz. Era del estilo dosmilero de los peñanietitos, “chachorros de los cachorros”, juniors en esplendor: Rodrigo es hijo del famoso abogado Ricardo Medina Ainslie, cuyo padre fue Ricardo Ainslie, gobernador de Coahuila (1947-1948), hombre de todas las confianzas del primer presidente del PRI nacional, el general Manuel Pérez Treviño.

Con Rodrigo Medina todo fue peor. Violencias y negocios al amparo del poder, escándalos de corrupción que como los de sus antecesores en la gubernatura nunca se probaron pero eran secreto a voces, impunes con sus familias de abogados duchos en la chicanada y el chanchullo.

La clase política priísta convulsionó y los hombres del dinero voltearon a esa burocracia de mandos medios, reedición de Los Caciques y Las Moscas espléndidamente descritas por Mariano Azuela. Tuvieron en 2016 a un priísta de larga trayectoria bajo la bandera del independiente en Rodríguez Calderón. Nuevo acto de simulación, poner a un priísta purificado por no tener partido.

Una vez más el mal gobierno, los excesos, la corrupción hasta en su patética aventura de buscar la Presidencia en 2018… vino la sucesión y una nueva simulación se fraguó con el pretendido paso de un clan cacique, que reunía prosapia priísta, denuncias por corrupción inmobiliaria, larga trayectoria en el PRI más bajuno desde su época porril hasta el renovador ingreso a Morena, de Clara Luz Flores y su marido, Abel Guerra.

La historia es conocida: Clara Luz se cayó aunque no por su historia personal y familiar, pero sí por una mentira descarada que ya no pudo revertir. El candidato del PRI representaba los intereses de la repudiada elite que subsistió hasta Rodrigo Medina y el del PAN, lo mismo.

A los neoleoneses les quedaba Samuel y por él votaron. Reunía todos los males de sus predecesores: cuestionados vínculos familiares al hampa; una riqueza fundada en el litigio y los negocios inmobiliarios; lo pintoresco y políticamente incorrecto de Rodríguez Calderón y, por supuesto, la temprana identificación de fondos poco transparentes, las triangulaciones por más de 14
millones de su familia y algo más.

Acto de simulación: el desprestigiado magistrado José Luis Vargas, quiso dejar a García Sepúlveda exento de pena porque los donativos de triangulación de fondos fueron al partido y no al candidato. El nuevo acto de simulación esta vez cayó en la cancha electoral y fue observado por la magistrada Janine Otálora. Vargas aún defendió su despropósito y tuvo mayoría. Respecto al electorado, quizás sólo pueda decirse que poco han podido hacer respecto a sus políticos. Es lo que hay.

POR ARTURO RODRÍGUEZ GARCÍA

COLABORADOR HERALDO RADIO

@ARTURO_RDGZ

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