CAMPUS

Punto de quiebre

Quizá cuando termine la noche populista debamos hacer una reforma que reduzca el periodo de gobierno a cuatro años y posibilite la reelección presidencial

OPINIÓN

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Alejandro Echegaray / Campus / Opinión El Heraldo de México

La semana que culmina es una de las más oscuras de la presente administración. A pesar de su buen balance electoral y altos índices de aprobación, los resultados de esta gestión han sido desastrosos. Coneval presentó sus mediciones de la pobreza en México y no son alentadoras. Al contrario, ilustran que la miseria se ha recrudecido en el país.

El número de personas en situación de pobreza aumentó en 3.8 millones desde 2018, para llegar a 43.9% de la población: la pobreza extrema registró el aumento más importante con 2.1 millones de mexicanos que hoy ya no pueden cubrir sus necesidades básicas. El número de personas con carencias sociales creció en 8% y el aumento fue particularmente grave en materia de salud: tras la cancelación del Seguro Popular, el porcentaje de la población con esta carencia aumentó de 16 a 28 por ciento, un crecimiento de casi 16 millones de mexicanos.

La consulta resultó ser el punto de inflexión del proyecto obradorista. Las extravagancias vertidas en las conferencias matutinas, el coup en el Tribunal y el desistimiento del Ministro Zaldívar en su afán reeleccionista evidencian que el presidente López Obrador es un pato rengo o, como dirían los egresados de Harvard, un lame duck.

El fracaso del obradorismo le ha otorgado a la revocación de mandato virtudes de las que carece, para convertirse en una idea atractiva que abra la oportunidad de truncar el proyecto morenista. La posibilidad de ponerle fin a la debacle que ha generado el actual gobierno, dos años antes de que termine el sexenio, parece a todas luces un escenario ganador. Pero también puede ser un espejismo, una celada.

El debate alrededor de la revocación de mandato ha evidenciado algunas debilidades institucionales inherentes a los regímenes presidenciales, y que los hacen deficientes en comparación con los sistemas parlamentarios que permiten que tras una gestión atroz se convoque a nuevas elecciones.

Los regímenes presidenciales utilizan la fórmula de mayoría o “first past the post” donde el ganador: “gana todo”. Esto, aunado a periodos fijos de gobierno que en el caso de México son inusualmente largos, genera una gran polarización y una brutal competencia política. En los presidencialismos, el jefe de Estado es el jefe de gobierno. En un parlamentarismo, AMLO sería un gran jefe de Estado y podría dedicarse a comer garnachas, recibir a dignatarias internaciones y sugerir que la política de reconstrucción nacional se deba de centrar en el bacheo y la pavimentación, mientras deja las labores de gobierno a burócratas profesionales con una formación técnica.

En los parlamentos, los primeros ministros son escogidos entre sus pares y emanan del cuerpo legislativo, por lo que son responsables ante ellos y al mismo tiempo éstos los legitiman, lo que fomenta la cooperación y la rendición de cuentas. A su vez en los gobiernos presidenciales se fomenta el autoritarismo y promueve la concentración de poder en una sola persona.

Sería ingenuo pensar que podríamos transitar hacia un sistema con tintes parlamentarios pero quizá cuando termine la larga noche populista debamos hacer una reforma política que reduzca el periodo de gobierno a cuatro años y posibilite la reelección presidencial y la legislativa sin las cortapisas que hoy la anulan de facto. En cualquier caso, la revocación de mandato puede ser un punto de quiebre entre terminar la pesadilla populista o perpetuarla como ha sucedido en otras latitudes de nuestro maltrecho continente. Me inclino por dejar que AMLO concluya su mandato y sea obligado a rendir cuentas y a sobrellevar un proceso de escrutinio ciudadano.

POR ALEJANDRO ECHEGARAY
POLITÓLOGO
@AECHEGARAY1

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