MALOS MODOS

Los 500 años de la caída de Tenochtitlán y cómo celebrarlos

Llegan los 500 años de la caída de Tenochtitlán, y con ellos unas cuantas buenas cosas. En efecto, estos aniversarios agitan el mundo cultural

OPINIÓN

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Julio Patán / Malos Modos / Opinión El Heraldo de México

Llegan los 500 años de la caída de Tenochtitlán, y con ellos unas cuantas buenas cosas. En efecto, estos aniversarios agitan el mundo cultural. Tenemos en estas tierras una obsesión con volver al pasado para encontrar no sé qué: ¿nuestras raíces, aquello que nos hace mexicanos, nuestra esencia? Algo así.

¿Hay fundamentos históricos, antropológicos o culturales para esa obsesión? No está claro. Tampoco es tan importante. Pensar la historia es una manera de pensarnos críticamente, y eso siempre es sano.

Agarren pues el pretexto y lean lo de toda la vida: digamos, a los biógrafos canónicos de Cortés, caso de José Luis Martínez, y a los no menos canónicos historiadores del universo náhuatl, caso de Miguel León-Portilla, pero también a los heterodoxos, esos que ponen de tan malas al chairo-historicismo, como Christian Duverger o a Hugh Thomas. Buenos escritores, algo no muy frecuente, y con una agradecible vocación de ensayismo polemizante.

También hay autores más jóvenes cuyos esfuerzos vale la pena atender, como Úrsula Camba, que entiende mucho de la sociedad novohispana y tiene un muy cordial y muy picante librito sobre Cortés con Alejandro Rosas, o, en las antípodas, Federico Navarrete, que coordina un esfuerzo de acercarse al tema en línea, Noticonquista.

A lo mejor se preguntan si vale la pena echarle ojo a la serie de Capital 21 sobre la batalla de Tenochtitlán. Cada quien. Lo de ver a un historiador caminar durante horas por México, fritanguear con demasiados primeros planos a la masticación y explicarnos eternamente cómo todos sus predecesores están equivocados, no es para todos.

Digamos que Anthony Bourdain no encontró a su relevo. Luego están las cosas malas. Entre las relativamente inofensivas, está la superficialidad de llamar Aztlán a los juegos mecánicos de Chapul, o la versión en historia de bronce de la ley seca: si los políticos imponen leyes secas, perfectamente inútiles, para hacernos creer que trabajan, lo que hacen cuando quieren convencernos de que les preocupa lo “simbólico” es rebautizar fechas o calles chabacanamente: la Noche de la Victoria.

También, cacarear aniversarios a modo: los 700 años de Tenochtitlán. Entre las más dañinas, claro, está la hispanofobia presidencial. Pero se vale sonreírle a la vida hasta en los peores casos. Nos la podemos pasar bomba con una cerveza y el despliegue de kitsch oficialista que veremos la semana que viene.

No puedo esperar para disfrutar los carros alegóricos con pirámide, la ceremonia de aztequismo new age en el Zócalo y la representación con hartos extras de la batalla por Tenochtitlán.

De hecho, para ponerle más pimienta a la ocasión, apuesto lo que quieran a que a los camarógrafos oficiales los obligan a disfrazarse con huarache y taparrabos. Luego, si quieren, volvemos a lo de pensar críticamente.

POR JULIO PATÁN
JULIOPATAN0909@GMAIL.COM 
@JULIOPATAN09

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