COLUMNA INVITADA

¿Una Nueva Política Exterior para el Hemisferio?

El pasado 24 de julio, el Presidente Andrés Manuel López Obrador pronunció un discurso importante en uno de los escenarios más bellos de nuestro país, el Castillo de Chapultepec que, entre otras cosas, alberga el Museo Nacional de Historia

OPINIÓN

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Miguel Ruíz-Cabañas Izquierdo / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

El pasado 24 de julio, el Presidente Andrés Manuel López Obrador pronunció un discurso importante en uno de los escenarios más bellos de nuestro país, el Castillo de Chapultepec que, entre otras cosas, alberga el Museo Nacional de Historia. La ocasión lo ameritaba: se conmemoraba el 238 aniversario del Natalicio de Simón Bolívar, en el marco de la XXI Reunión Ministerial de los estados miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), mecanismo de concertación que nació hace once años en México, en Playa del Carmen, en febrero de 2010. El tema principal de su discurso fue la política hemisférica, lo que trae a la memoria la celebración de la Conferencia Interamericana sobre los Problemas de la Guerra y la Paz, que tuvo lugar en el mismo Castillo, del 21 de febrero al 8 de marzo de 1945, y que trató, esencialmente, del mismo tema.

El Presidente resaltó justamente la figura de Bolívar, quien siempre abogó por la unidad de las nuevas repúblicas americanas, y advirtió de los peligros que representaba la nueva hegemonía de los Estados Unidos de América en el Hemisferio. Lamentó, como lo han hecho muchas generaciones de latinoamericanos desde entonces, que el sueño de unidad de Bolívar no pudo llevarse a la práctica. Cabe recordar que, poco tiempo después de la muerte del Libertador, ocurrida en diciembre de 1830, un mexicano notable, el político conservador Lucas Alamán, entonces Canciller de la República, también enarboló la bandera de la unidad de las repúblicas americanas frente a la hegemonía estadounidense, y también fracasó. Todos sabemos que pocos años después, México, totalmente aislado, perdió la mitad de su territorio.

Pero lo más notable del discurso del Presidente no fue la historia, sino el futuro, con una visión diferente para las relaciones hemisféricas. Afirmó que es momento de promover una nueva convivencia entre todos los países del continente, porque el modelo impuesto desde hace dos siglos de la hegemonía estadounidense ya se agotó. Debemos dejar de lado la disyuntiva de “integrarnos a Estados Unidos o de oponernos en forma defensiva” subrayó. López Obrador propone dialogar con los líderes de ese país para convencerlos de que es el momento de iniciar una nueva era en las relaciones interamericanas, sin la hegemonía de ningún país.

El Presidente cree que el extraordinario ascenso de China representa un cambio en las placas tectónicas del sistema internacional de la posguerra, que afecta a todos los países. Frente a ese panorama, considera que tanto a los latinoamericanos como a los estadounidenses nos conviene unirnos para hacerle contrapeso económico al gigante asiático, la nueva superpotencia mundial que, si continúa creciendo en la misma forma en que lo ha hecho en las últimas décadas, en veinte años eclipsará el poderío económico de Estados Unidos, lo que podría provocar un nuevo conflicto bélico global. Para evitar ese escenario, y beneficiar a nuestras poblaciones, el presidente postula que hay que fortalecer el mercado hemisférico. Se debe hacer un Plan de Desarrollo Conjunto. Su propuesta es que entre todos los americanos construyamos “algo semejante a la Unión Europea, pero apegado a nuestra historia, a nuestra realidad y a nuestras identidades”. Para rematar su nueva visión hemisférica, López Obrador dijo que no debía descartarse el reemplazo de la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, ¨no lacayo de nadie” sino “mediador a petición y aceptación de las partes en conflicto, en asuntos de derechos humanos y democracia”.

La visión del presidente parte de un hecho incontrovertible: el ascenso imparable de China afecta, de una forma u otra, la conducta de todos los actores internacionales, incluyendo a todos los países de nuestro hemisferio. Es un proceso tan trascendente como los conflictos entre las potencias que llevaron a la Segunda Guerra Mundial en Europa y el Pacífico en los años treinta del siglo pasado. Sin mencionarlo por su nombre, el presidente nos recordó la importancia de “la Trampa de Tucídides”, el general ateniense que advirtió, hace dos mil quinientos años, que el ascenso de una nueva potencia siempre desata una lucha hegemónica que eventualmente lleva a una guerra entre los contendientes y sus aliados.  

Pero esta visión presenta algunos problemas concretos que hay que considerar. En primer lugar, el presidente convoca a los latinoamericanos y caribeños a seguir el ejemplo de México, integrado económicamente a Estados Unidos y Canadá, vía el TMEC. No estoy seguro que, en el nuevo clima proteccionista que atraviesa Estados Unidos, que incluye por igual a demócratas y republicanos, la propuesta les resultará atractiva. Me temo que no. Pero lo que es seguro es que no es una alternativa apetitosa para los países que forman el Mercosur, especialmente para Brasil. Sin mencionarla explícitamente, la propuesta está reviviendo la idea del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas -el ALCA-, propuesto originalmente por Clinton en 1996, y después apoyada por Bush, que fue rechazada con vehemencia por los países sudamericanos en 2004 y 2006, encabezados por Chávez, Lula y Kirchner. Claro que las circunstancias han cambiado, pero no tanto. ¿Porqué habrían los países latinoamericanos de privilegiar sus intercambios con Estados Unidos, si eso puede afectar sus ventas al mercado chino? Con excepción de México, las principales economías de la región tiene a China como principal socio comercial, no a Estados Unidos.

El segundo problema es el cambio de política que, implícitamente, se pide a Estados Unidos a cambio de aceptar una alianza económica: que renuncie a sus “políticas intervencionistas”, que hoy por hoy tienen como principal destinatario a los gobiernos de Cuba, Nicaragua o Venezuela. No Creo que Estados Unidos esté dispuesto a hacer algo así frente a gobiernos que sostienen que los derechos humanos son un asunto interno, fuera del escrutinio internacional. Uno de los peores efectos de la era de Trump es que Estados Unidos ha perdido credibilidad para dar lecciones de democracia y derechos humanos. Pero los derechos humanos son universales. Desde la fundación de las Naciones Unidas, en 1945, los estados democráticos han aceptado el principio y la práctica de la protección internacional de los derechos humanos, que no pueden estar sujetos únicamente a la jurisdicción interna de cada país, o a procesos de solución dependientes de la mediación, previa aceptación de las partes, de conflictos internos que tienen su raíz, en la mayoría de los casos, en la violación masiva de derechos humanos.

Por último, como toda construcción humana, desde luego que la OEA tiene debilidades y limitaciones. Pero eso no quiere decir que hay que substituir a la Organización “por un organismo verdaderamente autónomo”. La OEA es una organización muy útil para los estados miembros, especialmente a países como México, cuando los gobiernos se deciden a tomar la iniciativa y alcanzar acuerdos mutuamente beneficiosos. Baste destacar la labor que realizan la Comisión y la Corte Interamericanas de Derechos Humanos, que fueron creación de la OEA. Lo mismo que el Sistema de Seguridad Regional, la Comisión Interamericana de Mujeres, la Organización Panamericana de la Salud, o el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola, por mencionar solo algunos ejemplos. Me temo que, en este aspecto, la crítica principal debe dirigirse a su actual Secretario General, Luis Almagro, cuyo excesivo protagonismo ha dividido aún más a la membresía, en lugar de propiciar entendimientos. La OEA es reformable, sin destruirla.

POR MIGUEL RUÍZ CABAÑAS IZQUIERDO
DIRECTOR DE LA INICIATIVA DE OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE (ODS) EN EL TEC DE MONTERREY
@MIGUELRCABANAS

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