MALOS MODOS

Yo estuve en Avándaro

Los jóvenes vieron en ese concierto una ventana de libertad, y se dejaron caer en masa a un descampado en el lluvioso Valle de Bravo que no tenía ni baños

OPINIÓN

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Julio Patán / Malos Modos / Opinión El Heraldo de México

Avándaro fue un éxito conmovedor y desordenado. Fue conmovedor por el entusiasmo de los organizadores: muy jóvenes todos, decidieron regalarle a nuestro país, dos años después del concierto original, el gringo, un Woodstock a la mexicana. Lo consiguieron. Entre el 11 y el 12 de septiembre del 71, hace pues medio siglo, decenas de miles de jóvenes pudieron escuchar a un buen puñado de agrupaciones mexicanas, incluidas varias que sonaban con éxito en el incipiente mercado local. Fue conmovedor también por el entusiasmo de esos jóvenes, que le metieron al sexo, la música y la mota en santa paz: no hubo violencia.

Y fue desordenado porque la convocatoria rebasó de largo las previsiones de los organizadores. No estábamos para muchas libertades, en aquellos tiempos. El 68, con el moralismo represivo de Díaz Ordaz, estaba todavía cerca, y aún más cerca el “halconazo”, cortesía del régimen patriotero y no menos represivo de Echeverría, un amante del huipil y la mano dura que no gustaba ni del rock, una música extranjerizante y degenerada, ni, sobre todo, de las acumulaciones de gente. Así que los jóvenes vieron en ese concierto una ventana de libertad, y se dejaron caer en masa a un descampado en el lluvioso Valle de Bravo que no tenía ni baños, ni un dispositivo de seguridad profesional, por ejemplo. Sí: la carretera se vio saturada de chicos de todo el país que fueron a ver cómo le hacían para entrar y, en muchos casos, lo consiguieron. ¿Qué pasó? Hay que insistir: nada grave, según las crónicas.

Crónicas que pueden encontrarse en Yo estuve en Avándaro, un libro de la editorial Trilce que es resultado de una afortunada mezcla creativa. Los lectores se van a encontrar con un relato extenso de Federico Rubli, que se fue a cubrir el concierto, al que se suman los textos introductorios de dos de los organizadores: Justino Compeán y Luis de Llano, destacados publicista y productor. Además, porque la vida tiene estas cosas, estaba por allí Graciela Iturbide, que en realidad a lo que iba era a fotografiarla carrera de coches que, de manera un tanto surrealista, debía acompañar al concierto. Así que el libro incluye una especie de crónica visual de esa artista extraordinaria.

Una improbable reunión de talentos como esa hubiera sido imposible en los siguientes 20 años. Avándaro, que fue un intento de acercarnos al mundo, fue la puerta de entrada al oscurantismo. Los medios hicieron pedazos al concierto, y el gobierno, subido en la ola de la moralina, mandó al rock a vivir en las catacumbas, en la ilegalidad. Tendría que llegar el neoliberalismo para que pudiéramos ir a antros o conciertos legalmente y en libertad. 50 años antes, sin embargo, hubo un breve ensayo de eso, de libertades, que haríamos bien en recordar, página con página, en este libro tan oportuno.

POR JULIO PATÁN

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