CAMINAR EN LA LUNA

Luna en calma

Ubicado en la bahía de Banderas, en la costa del Pacífico jalisciense, a sólo dos metros sobre el nivel del mar y en la misma latitud que Hawai, este puerto tan versátil –al mismo tiempo tan pequeño y tan grande– ha sido reconocido como la ciudad más amigable del planeta

OPINIÓN

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Adriana Azuara / Caminar en la luna / Opinión El Heraldo de México

Para encontrar la calma, hay que estar dispuesto a desconectarse de los lugares, la gente y las cosas que hacen tanto ruido. Es ese respiro que tu alma necesita para observarte, analizarte y soltar todo eso que te impide continuar.

¿Alguna vez te has preguntado cuánto poder tiene desconectarte para pasar tiempo con quienes amas? Hasta que pierdes a alguien que significó tanto para ti es cuando le das valor a los minutos y a los instantes. Con esto en mente, mi escapada de este mes fue con mis hijos, a un lugar mágico en Puerto Vallarta.

Ubicado en la bahía de Banderas, en la costa del Pacífico jalisciense, a sólo dos metros sobre el nivel del mar y en la misma latitud que Hawai, este puerto tan versátil –al mismo tiempo tan pequeño y tan grande– ha sido reconocido como la ciudad más amigable del planeta.

Esta ocasión, elegí un lugar único y que goza de una calidez fuera de este mundo. Situado en la montaña de Conchas Chinas, el hotel Grand Miramar ofrece comidas deliciosas y atardeceres inolvidables sobre una vista arrebatadora que comprende a todo Vallarta, en un ambiente precioso y lejos de las multitudes.

La convivencia fuera de casa es toda una experiencia, pero ahí se vuelve muy especial. Parte del reto de viajar con mis hijos es que son muy disciplinados en lo que refiere a su bienestar.  Así que debo confesar que lo que yo pensé que sería un viaje de descanso, con ellos se convirtió en explorar, levantarme temprano a hacer ejercicio (¡mucho ejercicio!), en ir a surfear, en reír sin parar, en tardes de pizza acompañadas de confesiones y pláticas a corazón abierto a la luz de la luna en calma. 

Terminaba agotada pero feliz porque ahí –y solo ahí– me permití desconectar mi mente y tan solo enchufar mi esencia al único tiempo real: el ahora con ellos en este pedacito de mundo. 

Pero si para mí fue un reto, para el chef debimos ser el doble, ya que mis hijos son veganos. Sin embargo, nos sorprendió con un menú increíble, basado en plantas. Cada día fue una oportunidad de probar algo diferente, desde barbacoa y hot cakes, hasta tamales y guisados que de solo recordarlos se nos hace agua la boca. Ya estamos planeando regresar.

Tampoco olvidamos el spa, en donde nos dejamos llevar y conectamos con nuestra vida espiritual a través de los maravillosos rituales de agave, el flotario, la hidroterapia y los masajes con sonoterapia que su Grand View spa ofrece.

Entre los tres, creamos un espacio en donde –bronceados, bien alimentados y contentos– simplemente soltamos las cargas, soñamos despiertos y gozamos la alegría de vivir, de tenernos con tanto amor y con la conciencia de vivir un momento irrepetible y especial.

POR ADRIANA AZUARA
@ADRYAZUARA

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