COLUMNA INVITADA

La Rothko Chapel

Mark Rothko (1903-1970) forma parte de una generación que transformó la expresión y comprensión de cómo se entendía hasta entonces la pintura.

OPINIÓN

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Bernardo Noval/ Colaborador/ Opinión El Heraldo de México

Sin embargo, lo que realmente le interesaba al artista era expresar las emociones humanas más elementales entablando una relación activa entre espectador y pintura; transmitiendo a través del color y de la forma la misma experiencia que él sentía al pintar.

Al final de su vida sus cuadros se tornaron hacia tonalidades oscuras, con abundancia de violetas, grises y, sobre todo, negros. Corresponden a esta época las obras encargadas por John y Dominique de Menil a principios de 1965, cuando pidieron a Rothko la elaboración de varios murales de gran formato para una capilla que planeaban construir en St. Thomas Catholic University en Houston, Texas.

La pareja tenía claro el nombre del pintor a quien recurrir para el interior, pues Dominique había conocido a Rothko en 1959, cuando visitó su estudio para ver los lienzos destinados en un principio, al edificio Seagram en Nueva York, primer trabajo en común entre Rothko y Johnson, de quien ya había comprado una obra para su colección en 1957.

Rothko propuso una planta octogonal, similar a un baptisterio, de modo que las pinturas rodearan al visitante, un lugar de oración donde los cuadros cubrirían todo el espacio. Eso supuso una nueva forma de creación no conocida hasta entonces basada en la interrelación entre las pinturas, la arquitectura y la luz.

Así, en el interior catorce pinturas de colores oscuros están distribuidas en ocho módulos asignados a las ocho paredes que conforman la capilla. A su vez estas catorce pinturas se dividen en dos grupos: siete con un rectángulo negro opaco de contornos nítidos y otras siete monocromas con un efecto más orgánico.

Rothko no pretendía con esta obra establecer una experiencia consoladora. Por su propia iniciativa se había propuesto crear pinturas a las que «no quisieras mirar».  Ya que para el artista, el único arte que conmovía era aquel que distorsiona, es decir, el arte que se fundamenta en la pérdida de una forma y se entrega a otra forma nueva y desconocida creando un movimiento que emociona y nos saca de nosotros mismos.

Un año después de la muerte del pintor, el 27 de febrero de 1971, tuvo lugar la inauguración de la Rothko Chapel, un acto cargado de cierto tono solemne, pues los lienzos del autor señalaban su no presencia física. Sin embargo, ahí estaban sus obras, aquellos grandes lienzos ante los cuales él mismo no sabía frente a qué se encontraba. “La magnitud, a todos los niveles de experiencia y significado, de la tarea que me ha encomendado, excede todas mis expectativas. Me está enseñando a ir más allá de mí mismo, mucho más de lo que creí que sería posible para mí”.

Aquel día hacía ya un año que el artista había dejado de pintar, de crear grandes superficies para sumergirse en ellas, de desear mostrar lo que él llamaba “la verdad del arte”.

En la capilla, para dotar de sonido este elocuente silencio, los Menil encargaron al compositor Morton Feldman, quien era amigo de Rothko, una pieza musical que lo recordara. Fue así como la Rothko Chapel se convirtió en una obra de arte total que concentró la escultura, la arquitectura, la pintura y la música, además de crear un espacio definitivo como lugar de encuentro para todo tipo de espiritualidad.

POR BERNARDO NOVAL
CEO MUST WANTED GROUP
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