COLUMNA INVITADA

Enseñar a mirar

Dicen que segundas partes nunca son buenas, pero en este caso sí que se trata de un acierto. La exposición inicial cortada por la pandemia en 2020 se llamó Monet, impresiones duraderas

OPINIÓN

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Pedro Ángel Palou / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

Hace tiempo que nos malacostumbramos a ir a los museos a ver solo lo que las guías nos marcan como relevante. Las instituciones culturales pagan millones por importar exposiciones internacionales hechizas -la reproducción de la Capilla Sixtina a la cabeza de esas aberraciones- para consumo masivo, sin ninguna reflexión ni crítica. Esto viene a cuento porque en cambio el MFA (Museo de Bellas Artes de Boston) ha realizado una gran exposición llamada Monet y Boston, el legado. Dicen que segundas partes nunca son buenas, pero en este caso sí que se trata de un acierto. La exposición inicial cortada por la pandemia en 2020 se llamó Monet, impresiones duraderas. Un museo no es solo un lugar donde se exhibe arte, es un lugar donde se enseña a ver.

              En el caso que nos ocupa, el MFA decidió poner en relación el arte del pintor francés con sus predecesores y sus continuadores, pero además se trata de una exhibición histórica ya que da cuenta de cómo una ciudad culta y rica como Boston compró a Monet y a sus maestros desde sus inicios. Reflexiona sobre las galerías y los coleccionistas individuales y la manera en la que consumieron el arte del paisaje y sobre todo la incorporación de seres humanos en esa reproducción de lo natural.

              Además de esa perspectiva, la exposición reflexiona sobre la relación de pares -no exenta de crítica, pero sobre todo de estímulo - entre Auguste Rodin y Monet. Para ello vuelve a un documental de 1915 filmado por Sacha Guitry en el que no solo entrevista a los dos artistas, sino que muestra al escultor en plena acción trabajando en un mármol. Para lograr esas cuatro salas el museo utilizó sus propias obras, pero también pidió prestados una buena cantidad de obras.

              Mención aparte merece la sala dedicada al japonismo de Monet. Con obras de Hokusai y de HIrosighe dialogando con el pintor normando, logra hacernos pensar en lo rápido de esa influencia. Apenas una década después de abierto Japón a la cultura occidental el influjo es veloz y duradero. Del Ukiyoe a los árboles que Monet pinta desde su propia barca. Si esto no fuera en sí revelador la última sala nos presenta ocho obras pares. Cuatro escenas, en realidad, pintadas con el “efecto” de la luz. El mismo paisaje, por ejemplo, antes del amanecer o, en otro caso, el efecto de lo luminoso crepuscular -tema tan caro a María Zambrano- sobre un acantilado y los reflejos sobre el agua de un lago. Quizá no se necesitan más de una hora o de hora y media para ver y meditar en la exhibición y sin embargo el espectador aprende a ver, pone en relación, lee una serie de textos al mismo tiempo simples y eruditos y medita, así sea instantáneamente, en el poder del arte para mirar, representar y construir la realidad.

              Sigo entonces con mi reflexión. Pienso, por ejemplo, en una gran exposición en México sobre el “japonismo” de Tablada y su influencia en San Carlos. Pienso en otra sobre el estilo -incluso en la moda- de Contemporáneos. Pienso en como hacer dialogar el cubismo de Rivera con sus maestros europeos. Pienso en que nuestros museos tienen que convertirse en espacios de educación visual, no en galerías turísticas o en carísimas inversiones de algunas exhibiciones que viajan por el mundo simplemente costando al erario, sin dejar una impronta en la educación sentimental de los ciudadanos. La cultura es el hilo conductor que une el pasado con el futuro porque es lo único que nos explica en toda su dimensión las contradicciones de nuestro presente. Es desde esa óptica privilegiada que la política cultural –al fin y al cabo una política pública debe dejar de lado la improvisación y la coyuntura para convertirse. Incluso si tenemos la óptica miope de la cultura como “industria sin chimeneas” nos falta en México pensar en que la cultura da trabajo. Deberíamos calcular el PIB generado por la cultura -como hace ya desde hace dos décadas Uruguay-, sabedores que que seguramente deja más que la industria automotriz. La cultura es inversión, no gasto. Tenemos la obligación de realizar un gran censo cultural -utilizando la fuerza e infraestructura del INEGI- y un estudio longitudinal de oferta y consumo cultural. Tenemos que invertir en ciencia y cultura, solo eso nos hará libres.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU
COLABORADOR
@PEDROPALOU

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