En lo profundo de sus ojos (1ª Parte)

La de esa mañana no era su ciudad, era un abismo, un ente que comenzaba a darse cuenta de su presencia

En lo profundo de sus ojos (1ª Parte)
J. Medellín Cargo / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

Carlos estaba dispuesto a bajar a lo más profundo para alcanzar la cima. Antes de cerrar su libro y meterlo en su portafolios, leyó una frase de Nietzsche: “Si miras mucho tiempo dentro del abismo, el abismo también mira dentro de ti”. No le dio importancia y miró su reloj por octava ocasión.

Llevaba prisa, pero el tráfico y la lluvia de esa mañana no le hacían ningún favor. El taxi en el que viajaba había avanzado unos metros en 15 minutos. Afuera, la lluvia azotaba la ciudad como si quisiera disolverla, para después desaparecer por las coladeras.

La paciencia de Carlos se agotó. Preguntó al taxista si podían tomar otra ruta. Imposible. Su única alternativa era el Metro. No lo pensó. Sacó un billete de su cartera y se lo entregó al chofer sin esperar el cambio. Abrió la puerta y extendió su paraguas.

Ya en la calle, Carlos procuraba no pasar por un charco que ensuciara sus zapatos Dolce & Gabbana ni chocar con la gente que corría para resguardarse de la lluvia.

Miraba a todos con asco. Vivía en mansiones y despachaba desde rascacielos. Viajaba en aviones privados y helicópteros. La de esa mañana no era su ciudad, era un abismo, un ente que comenzaba a darse cuenta de su presencia. Carlos solo pensaba en subirse al Metro. ¿A dónde diablos se dirigía?

Cerca de la estación, un aroma nauseabundo lo tomó por asalto. Conforme avanzaba, el olor era más penetrante. Provenía de un grupo de ocho o nueve indigentes que se refugiaban de la lluvia con bolsas sucias y mantas descosidas.

“Son desechos”, pensó y dudó en pasar junto a ellos, pero no había otra opción para abordar el Metro.

En eso, uno de los indigentes se paró frente a Carlos y puso una de sus manos sobre el hombro del joven. Trató de decirle algo. Lucía desesperado, pero Carlos solo observó el tono amarillento de sus dientes y la textura rugosa de sus labios.

El indigente intentó advertir a Carlos, pero no pronunció ni una palabra. Solo alcanzó a balbucear. A cambio, recibió un empujón.

Tras el incidente, el joven bajó las escaleras, mientras contenía el vómito que le demandaba su mente. El hedor le taladraba el cerebro. Lo tenía impregnado.

El policía que vigilaba los torniquetes observó a Carlos desde que entró a la estación. El impecable traje negro, el maletín de cuero y su paso veloz le hicieron pensar que era alguien importante. Le cedió el paso con amabilidad forzada. Carlos no titubeó. Tampoco volteó a ver al policía ni le agradeció el gesto. Siguió adelante y llegó al andén.

Trató de olvidar el incidente. Sacudió la mancha de tierra de su saco. Abrió su maletín y confirmó que llevaba los documentos que le asegurarían el futuro, pero el hedor seguía presente. Le llenaba la nariz, le picaba los ojos. Aún tenía ganas de vomitar. Sacó su loción y se roció un poco con la esperanza de que el hedor desapareciera.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se bajó del taxi. Se asomó al túnel para ver si venía el tren. Fue entonces cuando lo vio por primera vez.

(Continuará...)

J. MEDELLÍN 

COLABORADOR

DZA


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