Urge reinventarnos

Si algo ha mostrado la pandemia es el tamaño de la injusticia social

Urge reinventarnos
Pedro Angel Palou / Colaborador / Opinión El Heraldo de México

Hace poco en estas páginas de El Heraldo de México, comentaba lo que estaba mal antes de la pandemia, cuestionaba también la falacia de pensar que algún día volveríamos a una “nueva normalidad”. Mejor reinventarnos. Tony Judt en su libro póstumo Algo va mal, realizaba un nada halagüeño balance del capitalismo y su crisis definitiva después de 2008. Hoy, luego del fallido golpe de estado en Estados Unidos, del Brexit y del fracaso de los populismos de izquierda y de derecha, es más importante aún preguntarse, con él, que es lo que hemos hecho tan mal en los últimos tiempos.

A partir de la década de los noventa en América Latina creímos a pie juntillas en ciertas ideas del neoliberalismo: un estado pequeño, el mercado se autorregula, la privatización de todas las empresas públicas. El Fondo Monetario Internacional nos dictaba una política financiera que impedía cualquier mecanismo cercano al estado de bienestar: amplias subvenciones en materia educativa, de seguridad social y salud pública y manejo del ahorro de los pensionados por parte del estado. Hicimos la tarea, aplicándonos con férrea disciplina y cumplimos. Se privatizaron –en muchos países- la energía, las telecomunicaciones, incluso el manejo del agua. Se redujeron drásticamente los gastos en salud y educación y se privatizó, también, el ahorro de los trabajadores (las famosas Afores en México siguiendo el tan cacareado modelo chileno, por ejemplo). Pero no hubo un premio social a este esfuerzo y la brecha entre los ricos y los pobres aumentó más radicalmente, con el conflicto aún más ampliado porque el acceso a los bienes universales (una buena escuela, un buen hospital, una buena universidad) se hizo casi imposible para las clases populares, trayendo consigo incluso el amplio debilitamiento y adelgazamiento de la clase media.

El capitalismo feroz siguió su curso y la crisis financiera mundial de octubre de 2008 nos planteó la necesidad imperiosa de repensar el modelo. La consecuencia de haber dejado que el capitalismo financiero se convirtiera en capitalismo salvaje ha sido esa brecha abismal entre ricos y pobres y, sobre todo, el enorme egoísmo social que trae consigo.

Para Judt, hay que empezar por replantear la socialdemocracia. Volver a darle al estado su papel de regulador y a devolverle ciertas funciones públicas que permitan una mayor equidad social. Acceso universal a la salud y la educación, ambas de calidad, es tan imperioso como la vivienda social, el transporte público y la posibilidad de recrearse sanamente, de ocupar el ocio, sin sangrar la economía familiar. Renta universal, decíamos nosotros en los primeros meses del COVID-19

¿De qué sirve la democracia, se pregunta un ciudadano de a pie, cuando no como mejor, mis hijos no pueden conseguir un buen trabajo al salir de la universidad pública y vivo tan lejos de mi trabajo que gasto la mitad de mí día en trasladarme? No es gratuito que Judt afirme: “En muchos aspectos, el consenso socialdemócrata significa el progreso más grande que se ha visto hasta ahora en la Historia. Nunca tuvo tanta gente tantas oportunidades en la vida”.

Unos datos de Judt para, como diría Monsiváis, documentar nuestro optimismo. En 1968, el director ejecutivo de General Motors ganaba sesenta y seis veces más que la media de sus empleados. En 2005 la diferencia de ingresos entre un empleado medio de WalMart y su máximo directivo estaba en una escala de uno a novecientos. Y la familia propietaria de WalMart posee una fortuna estimada en 90.000 millones de dólares, que equivale a los ingresos conjuntos del 40% más pauperizado de la población americana: 120 millones de personas.

¿Escalofriante? Sí. ¡Mas si pensamos que lo que han ganado tres billonarios desde que estamos en cuarentena (con Jeff Bezos y Amazon a la cabeza) alcanzaría para vacunar gratuitamente a todo el mundo!

¿Cuál debiera ser el patrimonio básico de un ser humano? El de la justicia social, el acceso universal a unos derechos fundamentales. Emancipar al hombre a través de eso que hoy ya suena a sólo elemental: educarse, vestirse, dormir bajo un techo, tener medicinas y doctores al alcance de la mano. La brecha es enorme y nos corresponde cerrarla. Si algo ha mostrado la pandemia es el tamaño de la injusticia social, la herida abierta por lo que Tony Judt, presa del cáncer, diagnosticaba. ¿Nos atreveremos a imaginar otro mundo posible?

POR PEDRO ÁNGEL PALOU
COLABORADOR
@PEDROPALOU
 

 

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