COLUMNA INVITADA

Irresponsablemente optimistas

Esta semana, Guillermo Echeverría cerró los ojos del cuerpo, para abrir los de su alma a la eternidad

OPINIÓN

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Javier Careaga, Conferencista / Escritor / Consultor

Esta semana, Guillermo Echeverría cerró los ojos del cuerpo, para abrir los de su alma a la eternidad. Memo, tuvo una vida desafiante, fue y siempre será, un ícono de perseverancia, resiliencia y amor a la vida. En el deporte –en la natación– hizo lo que nadie más ha conquistado: ostentar un récord mundial (1,500 libres). Haber logrado esta hazaña sólo unos meses antes de los Juegos Olímpicos de México, le representó lanzarse al agua en estos, con el peso de un país entero sobre sus hombros, que esperaba –y casi exigía– que le diera a México, una presea dorada. Una profunda injusticia involuntaria. No haberlo logrado, se posó sobre su vida como un fantasma que la ensombreció por mucho tiempo. 

Hace unas semanas, tuve la fortuna de acompañar a un amigo a visitarlo en la casa para adultos mayores en la que vivía en Cuernavaca. Y fue una fortuna, porque no sabía que sería mi última oportunidad de saludarlo y expresarle mi admiración, y por lo que ese día nos regaló. Memo, ya confinado a una silla de ruedas, con dolores en piernas y brazos, y dificultad para hablar, nos recibió con una hermosa playera verde de la selección nacional de Londres 2012 que alguien le había regalado. Pero más hermosa, era su sonrisa, que nunca olvidaré, porque son de esas que vienen desde el centro del corazón e iluminan todo a su paso.  

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Memo nos contó que su condición y dolores, eran consecuencia de aquel accidente terrible en 1981, en la carretera Puebla - Orizaba, que lo llevó a permanecer en coma por 75 días. Pero no lo platicaba desde la autocompasión, sino simplemente como los hechos que explicaban su condición médica. “Estoy tan agradecido” dijo abriendo sus ojos brillantes, y nos contó de lo generosa que era la vida con él… de las visitas de sus amigos, de los maravillosos contenidos que veía en Internet (gracias al iPad que sus compañeros del ‘68 le habían regalado), y de la visita tres veces por semana, de una terapeuta que lo metía a la alberca a ejercitarlo. Nos dijo que el deporte le había dado la fortaleza para resistir el dolor y la adversidad de su discapacidad, y a nunca perder la alegría de vivir.  

Lo mirábamos con asombro. Quizás pensábamos que nos encontraríamos a una persona derrotada, y lo que experimentamos, fue a un ser profundamente aceptante de su realidad. No se qué cara tendríamos, que de ponto Memo nos dijo: les voy a confesar algo, me declaro irresponsablemente optimista. Soy irresponsable, porque no pienso encontrar en la vida, nada por lo cual, no pueda sentirme optimista y agradecido. 

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Y es que hay personas así, de un ánimo inquebrantable, que independientemente de las circunstancias y lo adversas que parezcan, son capaces de nunca perder la conexión a la gratitud esencial de estar vivo y de aceptar la vida como es, con todos sus matices y restricciones, y encontrar en ella fundamentos para vivir desde la esperanza, como mi amigo Ricardo. Tras un diagnóstico inesperado, en los últimos cinco meses, ha tenido más de 50 sesiones de quimio y radio terapia, además de una cirugía en la que le quitaron el estómago y parte del esófago. Este es solo el último capítulo de una vida llena de adversidad, como perder a su madre a los 10 años entre otros desafíos, sin que nada de ello lo haya sumido jamás en el pozo de la miseria. Ahora dedica su vida a compartir su experiencia, buscando ayudar a otros a no dejarse ahogar en la desesperanza. Ayer le hicimos una cena, para dar gracias por su vida, su ejemplo y amistad, y tomamos turnos compartiendo la gratitud por nuestra vida, por las cosas sencillas que la hacen hermosa y entrañable. 

Hoy que es “El Día de Acción de Gracias”, aunque no sea una tradición nacional, bien puede ser una invitación a la pausa… a indagar en nuestro corazón, a encontrar y a reconectar con la gratitud esencial de estar vivos. Y poder elegir –independientemente de la incertidumbre y ambigüedad que haya en nuestras vidas–, a ser, como expresó el gran Guillermo Echeverría, “irresponsablemente optimistas”. 

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Por: Javier Careaga

Conferencista / Escritor / Consultor