COLUMNA INVITADA

América del Norte: visión y contradicción

México tiene su código postal en América del Norte. Nuestro país ha sido el principal socio comercial de Estados Unidos en los últimos tres años, desplazando a Canadá y a China

OPINIÓN

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Miguel Ruiz Cabañas / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

Desde 2020, algunos analistas insistimos que era muy importante que los líderes de América del Norte revivieran el concepto, y la práctica, en favor de la integración económica de nuestra región. El paréntesis trumpiano interrumpió la sana tendencia a que los tres países, Canadá, Estados Unidos y México, avanzáramos en una visión regional común para beneficio de nuestros países. Trump había logrado imponer su visión de un nacionalismo excluyente, pero no pudo acabar con la integración económica regional que se inició en 1993, con la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

La realidad aplastante de la complementariedad de nuestras economías, llevó a Trump y a sus adversarios demócratas en el Congreso, a renegociar el TLCAN y a acordar el Tratado México-Estados Unidos-Canadá, TMEC, en 2018-2019. La renegociación exitosa comprobó que América del Norte sí existe, y va más allá de las preferencias personales y las opciones políticas de los gobernantes en turno, de cualquiera de los tres países. La región existe no sólo por contigüidad geográfica, sino por los vínculos económicos, demográficos, sociales, ambientales, laborales, políticos y, cada vez más, académicos y culturales, que las sociedades han construido en las últimas décadas. Son lazos sólidos, imposibles de romper a un costo tolerable, que resisten las manifestaciones más extravagantes del nacionalismo, el proteccionismo y el nativismo excluyente.

México tiene su código postal en América del Norte. Nuestro país ha sido el principal socio comercial de Estados Unidos en los últimos tres años, desplazando a Canadá y a China. Nuestro comercio bilateral es de casi dos dólares por minuto, y en 2021 se ha recuperado de la pandemia. Las remesas que los mexicanos en Estados Unidos envían a sus familias superará los 44 mil millones de dólares el presente año, convirtiéndola en la segunda fuente de divisas, solo después de las exportaciones de vehículos automotores.

Desde luego, esas realidades no significa que debemos dejar de lado los esquemas y esfuerzos de diversificación económica, política, cultural, con otras regiones, en particular con América Latina y el Caribe, como son la CELAC y la Alianza para el Pacífico, a la que perteneceremos siempre, porque México seguirá siendo un país profundamente latinoamericano. También con Europa, a través de un nuevo tratado de cooperación económica, o con las naciones asiáticas como Corea, China, Japón, India y Singapur, entre otras, con las que compartimos lazos históricos e intereses económicos.

La integración económica con América del Norte no impide el activismo multilateral de nuestro país, en la ONU, la OEA y otros organismos mundiales, como la UNESCO, la FAO y la OCDE, como demuestra nuestra actual participación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es la inversión más redituable en política exterior, que ayuda a perfilar a México como una nación responsable y solidaria. Cuando nos decidimos a promover y encabezar iniciativas sobre la protección del medio ambiente, el tráfico de armas, el desarme, la democracia y los derechos humanos, la igualdad de género, o las preocupaciones de los jóvenes, el país se proyecta como nación moderna, responsable, solidaria e influyente frente a los grandes retos globales.

Por su realismo y visión de futuro, me complace enormemente la reciente celebración de la IX Reunión de líderes de América del Norte, en Washington, convocada por el Presidente Biden. Se rompió la inercia de la indiferencia regional. El discurso pronunciado por el Presidente López Obrador en la Casa Blanca por fin asume que el futuro económico de México está ineludiblemente ligado a América del Norte, región que debe fortalecerse para hacer frente a la competencia de otras regiones, y en particular de China.

Vale la pena citar en extenso el discurso del Presidente López Obrador, porque en estas palabras quedan claras su visión sobre los retos económicos y las posibles soluciones para América del norte: “Las ventajas son muchas…contamos con fuerza de trabajo joven y creativa, con desarrollo tecnológico y con riqueza de recursos naturales. La distancia entre nuestros países nos permite ahorrar en transporte. Existe suficiente demanda en nuestros mercados... el problema de fondo es que no estamos produciendo lo suficiente y estamos obligados a importar mercancías de otros países. Es una paradoja que haya tanto circulante en América del Norte y los puertos del Pacífico estén saturados de mercancías procedentes de Asia. Agréguese el impacto inflacionario que eso acarrea, porque no podemos producir en América del Norte lo que consumimos, claro que sí, es asunto de definición y de estrategia económica regional. Desde luego, esto pasa por planear conjuntamente nuestro desarrollo y por impulsar un programa de inversión productiva en América del Norte para la sustitución de importaciones”.

El Presidente subrayó que el futuro de la región pasa por una mayor integración económica de los tres países, y que eso implica planear conjuntamente nuestro desarrollo, e impulsar la inversión productiva en América del Norte. Es una visión realista, progresista, de futuro. Parte del reconocimiento de que la integración económica de nuestros tres países es real, beneficiosa, irreversible, pero todavía insuficiente. Es un razonamiento impecable, poderoso.

El problema es que esa clara visión de una América del Norte unida, prospera, competitiva internacionalmente, es desmentida diariamente en los hechos, por muchas de las políticas y acciones del gobierno. No puede haber planeación conjunta de nuestro desarrollo, si México reniega abiertamente de sus compromisos en materia energética afectando los intereses económicos de nuestros vecinos. No habrá un programa de inversión productiva en América del Norte para la sustitución de importaciones, si todos los días se critican las inversiones privadas, nacionales y extranjeras.

Tampoco habrá una atracción exitosa de inversiones, y reconstrucción de cadenas de valor en América del Norte, si México se empeña en cambiar súbitamente las reglas del juego que atraigan esa inversión. No habrá una visión compartida de integración económica, si uno de los tres socios se empeña en mirar al pasado, y favorecer a las energías fósiles -petróleo, carbón, combustóleo- en lugar de favorecer la transición energética hacia nuevas energías limpias.

México no atraerá más inversiones extranjeras si no adopta un plan de producción de nuevas energías que sea atractivo para la sociedad y todas las empresas, nacionales y extranjeras, que han decidido apostar por energías limpias, que no sólo son cada día más baratas y competitivas, sino porque ayudan a salvaguardar un medio ambiente sano, compromiso fundamental con las generaciones venideras.

Aparentemente, los presidentes López Obrador y Biden sí intercambiaron opiniones sobre estos temas en su encuentro de la semana pasada. El propio Biden informa que discutieron sobre “sus respectivas visiones para hacer frente a la crisis climática y el futuro energético de América del Norte”. No solo eso. Ambos líderes habrían hecho “el compromiso de trabajar estrechamente juntos para acelerar el despliegue de energías renovables en la región, incluyendo la provisión de recursos financieros y tecnologías que la hagan posible”. Por el bien de nuestros pueblos, en particular los jóvenes y los más vulnerables, que así sea.

POR MIGUEL RUIZ CABAÑAS
PROFESOR Y DIRECTOR DE LA INICIATIVA SOBRE LOS OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE EN EL TECNOLÓGICO DE MONTERREY
MIGUEL.RUIZCABANAS@TEC.MX
@MIGUELRCABANAS

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