COLUMNA INVITADA

Lucha contra la corrupción, factor para la paz

La moralidad y cordialidad se posicionan como prioritarios en la agenda pública nacional

OPINIÓN

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Ricardo Peralta/ Colaborador/ Opinión El Heraldo de México

La polarización política a través del discurso que induce a la corrupción, usado por las y los líderes políticos a lo largo y ancho del mundo, ha sido históricamente el factor principal para comunicar con los simpatizantes, a través de expresiones y señalamientos que esclarecen al adversario al cual derrotar.

La historia del mundo está plagada de claros ejemplos de ello, basta con recordar el preludio de la 2ª Guerra Mundial, donde un liderazgo con capacidad de encender la masa popular accedió al poder a través de un proceso electoral institucionalizado para posteriormente debilitarlo, hasta llevarlo al grado de su desmoronamiento. El proceso paulatino que antecedió la debacle de las instituciones alemanas se fraguó en medio de discursos polarizadores, llenos de odio y con resultados invitaron a las partes a corromper su propia moralidad, llegando a extremos como la muerte injusta de millones de personas en el holocausto.

Ejemplos sobre la división propiciada por el discurso corruptor político los encontramos por cientos de miles en el devenir histórico, tal vez ninguno tan contundente como el alcanzado por Adolfo Hitler y el partido Nazi alemán.

La ola tóxica del divisionismo alcanzó a cubrir hasta nuestros días, creando una espora de xenofobia en la que fuese considerada “la más perfecta democracia del mundo”, la de Estados Unidos de América. Tras los cuatro años que Trump estuvo como número uno de ese país, se propagó un discurso de polarización, rencor y racismo.

En México, al igual que en la mayor parte de Latinoamérica, a través del tiempo, se posicionaron discursos poco ideológicos y tendientes a convertir al más necesitado en clientela política, de tal forma que quien tuviese el dinero para rentar voluntades, era también quien accedía a las posiciones de poder, donde se tomarían las decisiones del Estado.

Desde entonces, ha sido creciente la preocupación para llegar a un piso parejo de justicia, pues la brecha de desigualdad se ha ampliado a niveles exagerados, dando paso al discurso populista impregnado de mentiras, donde el más pobre es utilizado como carne de cañón. 

Organizaciones enteras, desde gremios sectoriales hasta partidos políticos, abusaron de los altos niveles de pobreza para hacer crecer sus filas de simpatizantes, a través de las dádivas cimentaron una falsa simpatía propiciada por las propias carencias. 
A partir de la llegada del nuevo gobierno, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, no solamente se eliminó el discurso que invitaba a perder los principios y valores individuales, a odiar a las minorías, sino que comenzó a atenderse de fondo el problema de la desigualdad y pobreza, buscando con ello arrancar de raíz los altos niveles de clientelismo, odio, xenofobia y violencia cultivados en periodos pasados.

Nuevamente la moralidad, cordialidad y cultura de la paz se posicionan como prioritarios en la agenda pública nacional, buscando dar paso a la justicia transicional que ha sido materia pendiente en nuestro país. El discurso político divisionista e individual que marginaba la voz de los menos favorecidos se quedó en el basurero de la historia y ahora lo que determina el rumbo de la nación es la voz de todas y todos los mexicanos, no importando su estatus ni condición socioeconómica. El discurso que invita u orilla a la corrupción va perdiendo terreno en la 4ª Transformación.

POR RICARDO PERALTA
COLABORADOR
@RICAR_PERALTA