El triunfo de la estupidez

Poco después del triunfo de Donald Trump, mientras me documentaba para un libro colectivo sobre el energúmeno que acababa de instalarse en la Casa Blanca, di con alguien que lo definía como el ejemplo perfecto de un estúpido

El triunfo de la estupidez
Julio Patán / Malos modos / Opinión El Heraldo de México

Poco después del triunfo de Donald Trump, mientras me documentaba para un libro colectivo sobre el energúmeno que acababa de instalarse en la Casa Blanca, di con alguien que lo definía como el ejemplo perfecto de un estúpido. No era un insulto, o no nada más. El responsable de asestarle el calificativo al nuevo presidente explicaba que un estúpido es, sí, un tonto, pero un tonto con características muy claras. Lejos de la mansedumbre y la postración propia del tonto inofensivo, el estúpido es un tonto con ideas contundentes, pretendidamente documentadas, simples, inamovibles y sobre todo de aplicación universal. Porque el estúpido es sin duda un tonto con algo de misionero bravucón; un tonto con una idea del mundo que le parece imperativo llevar a todos los rincones y todas las mentes; un tonto hiperactivo y tenaz.

Muy parecida es la idea que sostiene un hombre decidido, al parecer, a luchar por un imposible: diseccionar, catalogar, diferenciar, auscultar, o sea: estudiar en su totalidad algo por definición inabarcable, inagotable, como es, justamente, la estupidez. Me refiero a Jean-François Marmion, psicólogo y editor de El triunfo de la estupidez (Planeta), un libro escrito por 30 autores procedentes de los ámbitos más diversos, desde la filosofía hasta la neurología, la psiquiatría, el marketing, las matemáticas o la literatura. 30 autores entre los que se cuentan especialistas de esos que hacen maravillas en el anonimato del laboratorio o el cubículo, pero también rockstars como el filósofo Edgar Morin o el súper guionista Jean-Claude Carrière.

¿Qué ofrece el libro? Un mundo entero. Un catálogo razonado de la tontería, por ejemplo, en el que el también editor Jean-François Dortier nos explica que el tonto manso de mi primer párrafo, tan diferente del estúpido, es el idiota. Algunas reflexiones idiomáticas, como la de Morin sobre la palabra con, “coño”, usada en la lengua francesa como sinónimo de pendejez. O una conveniente reflexión sobre por qué las personas inteligentes pueden creer cosas perfectamente disparatadas, cortesía de la psicóloga Brigitte Axelrad.

Y, claro, ofrece el panorama desolador de la política actual. Porque la estupidez la padecemos en el tío pagado de sí mismo que arruina las comidas familiares con su “visión del mundo” y en el gerente súper innovador que nos amarga la chamba, pero, sin duda, vivimos en una era de tremenda estupidez política. Así que en el libro aparece, sí, Trump, como primera espada de la estupidez populista contemporánea, en voz del filósofo Aaron James, al que me refiero al principio.

¿Y México, se preguntarán? Pues no, no es protagonista de estas páginas. Pero no importa: nuestra realidad está ahí. La estupidez es patrimonio universal y el estúpido no lo sabe, pero es un ciudadano del mundo.

POR JULIO PATÁN
PATAN0909@GMAIL.COM
@JULIOPATAN09


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