Una plata, dos sabores

Era 26 de septiembre, solo que del 2000, cuando Fernando Platas, competiría en la final del trampolín de 3 metros en los Juegos Olímpicos de Sydney. Días antes, en la inauguración en la que Cathy Freeman encendía fuego sobre agua, e inusitadamente ambos elementos se elevaban fusionándose en una hermosa cascada en llamas, Fer, había encabezado a nuestra delegación con el lábaro patrio en sus manos. Sobre su espalda, cargaba la ilusión de un país entero que le pedía una medalla. 

La noche caía cuando la final inició. En California, en donde me encontraba visitando a mi hermana, era la media noche. Encendí la tele para descubrir con desilusión que la cadena local no transmitía el evento. El internet apenas tomaba inercia, me conecté por modem al portal de los Juegos y para mi fortuna, -algo innovador-, actualizaban los resultados clavado por clavado. Todos en casa se fueron a dormir. Yo me dispuse a ver una ronda. Fer iba en 2º. Me quedé otra… Fer seguía en 2º. Había como 25 minutos entre cada uno de sus clavados, pero yo no lograba separarme de ese monitor blanco y gordo que me decía que, tras tres rondas, era ya una competencia de solo tres hombres: el favorito, el ruso Dmitri Sautin, el campeón olímpico defensor, Xiong Ni, y “El Banano” como se le conoce de cariño.

En el silencio de la noche, cerraba los ojos e imaginaba la escena, y casi podía escuchar el estruendo que ocurría en la alberca salto tras salto. Llegó la última ronda, Platas iba en 3º y tiraba primero que sus contrincantes. Me imaginé ese rostro serio, confiado y enfocado que Fernando tiene cuando está bajo presión, listo para entregar su mejor desempeño. Tiraría dos y media vueltas al frente con dos giros en posición b, 3.4 grados de dificultad. Platas se crece y mete uno de los mejores clavados de su vida. Le pasa la presión a Sautin, increíblemente no la aguanta y falla. Cierro los puños celebrando, Platas asegura la plata, pero puede todavía ser de oro… Ahora el peso está sobre el chino. Espero ansiosamente a que las calificaciones se actualicen. ¡No! Grito y despierto a mi esposa que ya dormía. ¡Xiong Ni gana el oro por treinta centésimas de punto! Esto desatará una serie de especulaciones sobre el jueceo, pero Platas esta más allá de ello. Acepta que la competencia es así, y se lleva a casa una plata con sabor a triunfo. En la cabina de transmisión televisiva, después me entero, Carlos Girón*QED que narra la competencia con Enrique Burak, quien lo mira y le dice: “Platas se cobró tu revancha, Charlie”.

A lo que Burak se refería es que veinte años antes, cuando Carlos Girón competía en la final de trampolín en los Juegos Olímpicos de Moscú ‘80, a ojos de los que estuvieron presentes, a Carlos le robaron un oro que era legítimamente suyo, y se lo entregaron al ruso Aleksandr Portnov. En el octavo clavado, al local se le permitió repetir una ejecución fallida, que lo hubiera sacado de las medallas (y que irónicamente tiene que ver con el nadador ruso Vladimir Salnikov de quien previamente escribí el artículo “No todas las medallas son iguales”). De acuerdo con Wikipedia, los hechos fueron así: mientras el clavadista ruso esperaba para hacer su salto, en la piscina contigua, había una gran algarabía pues se nadaba la final de los 1,500 libres, en la que Salnikov podía ser el primer hombre por debajo de los 15 minutos.

El clavadista esperó a iniciar su salida hasta que el ruido se hubiera calmado. Cuando dio sus primeros pasos, hubo un nuevo estruendo: Salnikov había consagrado la hazaña imponiendo un nuevo récord mundial. Según las reglas, Portnov, habiendo comenzado su clavado, no podía detenerse ya. El clavadista falló. En un hecho insólito, el Juez Árbitro argumentó que había sido molestado por flashes fotográficos y le permitió repetir el clavado, que esta vez ejecutó a la perfección. El ruso se llevó una medalla de oro manoseada, en medio de días de controversia. Cuando finalmente se celebró la premiación, Carlos, con dignidad subió al podio y recibió una medalla de plata, con sabor a injusticia, y al hacerlo, honró a su país y honró su propio camino como deportista y ser humano. 

Los deportes de tiempo y marca son crudos, los de apreciación, hasta crueles. Y es que no sabemos si los jueces actúan desde la integridad, lo deseamos, pero pueden cometer errores honestos, y también pueden estar honestamente corrompidos. Lo que si sabemos, es que en el deporte, como en la vida, hay cosas que están fuera de tu control, y lo único que te puede dejar satisfecho es saber, que lo que estuvo en tus manos, lo hiciste con verticalidad, con cabalidad, con espíritu deportivo y moral de victoria, algo que tanto Fernando como Carlos conquistaron. Sus hazañas nos regalan un ejemplo de lucha y una inspiración, que seguirá teniendo ecos a lo largo de los años, y que hoy, en medio de la adversidad externa impuesta por la pandemia, se vuelve aun más relevante y nos invita a -desde dentro- liberarnos y hacernos dueños de nuestro propio destino.  

Autor: Javier Careaga
Conferencista / Olímpico en Seúl ‘88 y Barcelona ’92


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