Doctrina Estrada: 90 años

Sus principios de reciprocidad y neutralidad no deben ser desvirtuados, ni ser impedimento para reprobar violaciones a los derechos humanos y a crímenes de lesa humanidad por dictaduras y gobiernos poco democráticos

La Doctrina Estrada —hoja de ruta para la política exterior de México durante la mayor parte del siglo XX— cumple nueve décadas. Fue el 27 de septiembre de 1930 cuando nuestro país expuso en un documento que no se pronunciaría sobre la legitimidad de los gobiernos de otros países ni los calificaría.

La doctrina, que proclama la libre autodeterminación de los pueblos y la no injerencia en los asuntos internos de otros países como elementos fundamentales de la diplomacia mexicana, fue concebida para evitar que Estados Unidos se inmiscuyera en los asuntos internos de México.

Las dificultades que el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924) tuvo para obtener el reconocimiento del país vecino fue la pauta para que se buscará abolir esa práctica en el ámbito internacional.

Previamente, en 1913 —a la muerte de Francisco I. Madero— el presidente Woodrow Wilson pidió al gobierno de Victoriano Huerta la renuncia del encargado del despacho de Relaciones Exteriores, Carlos Pereyra.

Posteriormente, Wilson envió a un emisario con una misiva en la que el Presidente norteamericano instruía a celebrar elecciones, condicionaba la candidatura de Huerta y solicitaba la colaboración del gobierno electo.

Ante esta flagrante intromisión, el entonces canciller Federico Gamboa respondió con una carta en la que afirmó que “ninguna nación extranjera, por respetable y poderosa que sea, puede terciar en lo mínimo”.

Ese mensaje constituye el primer pronunciamiento que plasma la noción que a posteriori sería enunciada como la Doctrina México y después como Doctrina Estrada.

En agosto de 1930, durante el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada, redactó —junto con Antonio de la Peña y Carlos Pereyra— una doctrina que tuvo como propósito esencial manifestarse en contra de que los países decidieran si un gobierno era legítimo o ilegítimo, particularmente si éste provenía de un movimiento revolucionario. Es decir, para que un gobierno fuese legítimo no resultaba necesario el reconocimiento de otro país.

Años después y derivado de estos principios, México fue el único país de América Latina que no rompió relaciones con Cuba en 1962.

No obstante el cumplimiento de los principios de autodeterminación y no injerencia, hubieron algunas excepciones a la Doctrina Estrada, como en los años 70, cuando México participó de manera activa en la caída de Anastasio Somoza, en Nicaragua. También durante el golpe de Estado hace 11 años contra el presidente hondureño Manuel Zelaya, cuando México respaldó y apoyó al gobierno destituido, entre otras salvedades.

En suma, la Doctrina Estrada fue formulada originalmente ante la necesidad de buscar el reconocimiento de Estados Unidos y de tener que acceder a ciertas exigencias de la vecina potencia.

Sin embargo, estos principios de reciprocidad y neutralidad que dieron vida a este precepto de la diplomacia mexicana no deben ser desvirtuados ni ser impedimento para reprobar violaciones a los derechos humanos y a crímenes de lesa humanidad por dictaduras y gobiernos poco democráticos.

Estrada, de la Peña y Pereyra no la confeccionaron bajo ese paradigma, sino para defender las libertades, tolerancia y diálogo.

A sus 90 años y en un entorno global sumamente complejo, debemos defender la continuidad histórica de la Doctrina Estrada y los ideales de autodeterminación que postula, pero también de respeto a los derechos fundamentales por parte de otros gobiernos. Sus autores ciertamente así lo vislumbraron. [nota_relacionada id=1257317]

POR ALEJANDRO GUERRERO MONROY

ASOCIADO COMEXI

@AGUERREROMONROY

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