Polarización y rupturas

El lopezobradorismo es un gobierno discursivo; un movimiento que sólo se sostiene en las palabras. Las frases que pronuncia el presidente crean referentes y a partir de ellos se crean realidades alternas. Esas realidades, no obstante su falsedad, la mayoría de las veces terminamos adoptándolas tanto opositores como oficialistas.

El discurso de la polarización es quizá el ejemplo más ilustrativo. México es sumamente plural, política y socialmente; con infinidad de matices en cuanto a opiniones e identidades. Sin embargo, mediante las palabras, López Obrador ha creado una narrativa que divide al país en dos campos únicos y confrontados: los que apoyan a su gobierno y todos los demás, a quienes el presidente considera ciudadanos de segunda; a esos los llama corruptos y traidores; a esos los insulta o ignora, sean periodistas o campesinos, comerciantes o padres de niños enfermos, mujeres que exigen sus derechos o familiares de víctimas que buscan justicia.

Poco a poco, ese discurso sordo y excluyente va sembrando agravios y cosechando resentimientos. Poco a poco, algo se va rompiendo no sólo en nuestro debate público, sino en la sociedad misma. Porque cuando las voces críticas se ven atacadas desde el poder, cuando las demandas legítimas no encuentran canales institucionales que las atiendan y les resuelvan, entonces nacen y se hacen atractivos los radicalismos como alternativa.

La indolente respuesta que el presidente da lo mismo a grupos plurales de ciudadanos que exigen respeto a la libertad de expresión o a padres de familia que imploran por medicinas para sus hijos, está creando el caldo de cultivo para el radicalismo.

Recientemente, hemos visto varias muestras que apuntan a esta creciente ruptura. Las manifestaciones del Frente Nacional Anti Andrés Manuel López Obrador (FRENAA) son una muestra de cómo, para cada vez más personas, la respuesta frente al radicalismo lopezobradorista es irse a un radicalismo de signo contrario.

Más allá de lo que uno pueda pensar del FRENAA, ellos son el síntoma de una creciente polarización que en buena medida ha sido creada por la intransigencia y la cerrazón del gobierno. Y es que López Obrador le niega el diálogo no sólo a sus opositores, sino a todo aquel que hace lo que cualquier ciudadano sensato haría: demandar derechos y libertades.

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Uno de los pocos y trágicos éxitos del lopezobradorismo puede ser precisamente esto: crear un país polarizado, de gente que grita sin escucharse; de personas que se insultan sin conocerse; de ciudadanos que dejan de considerarse prójimo para luchar eternamente como enemigos. Una política vaciada de ideas y llena de resentimientos cruzados.

Frente a esto, debemos escapar del juego de palabras del presidente, para escapar así de las realidades ficticias que pretende constituir. México no es el país de la polarización única, sino de los agravios variados. Resolverlos requerirá más que radicalismos: exige un liderazgo opositor que sepa representar la pluralidad bajo principios comunes: libertad, justicia social, estado de derecho, democracia.

POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA SERVITJE
DIPUTADO CIUDADANO EN EL CONGRESO DE LA CIUDAD DE MÉXICO
@guillermolerdodetejada
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