El Ávila Camacho de la 4T

Bien sabido es que, a finales de su gobierno, el general Lázaro Cárdenas evitó meter las manos en el proceso sucesorio a favor de Francisco Mújica, su amigo cercano y hombre de indiscutibles méritos revolucionarios, para permitir que Ávila Camacho se hiciera de la candidatura presidencial.

En el terreno ideológico y programático, Mújica era indiscutiblemente más apreciable que Ávila Camacho, quien no se había distinguido por sus ideas revolucionarias, como recuerda el historiador y periodista Fernando Benítez.

Sin embargo, había transcurrido la expropiación petrolera y el temor a una posible intervención de Estados Unidos en México estaba latente, mientras que en el frente interno la amenaza de un resquebrajamiento de las fuerzas oficiales representaba una amenaza real.  

Ávila Camacho era “el hombre de la conciliación”, como escribió también Benítez, con lo que probablemente tenía parte de las virtudes que requería el momento: de carácter apacible, en todos sus cargos había sido capaz de conciliar intereses opuestos y ganarse el respeto y la consideración de los principales generales. Tenía, además, la cualidad de su probada lealtad al presidente. Mújica, en cambio era visto como un hombre poco flexible, colérico, e incluso conflictivo.

Escucha Fuera de Tono

¿Cuáles podrían ser, ocho décadas después y en un contexto muy diferente, las consideraciones que Morena y el presidente López Obrador haga de cara a la sucesión de 2024? ¿Necesitará la 4T un Francisco Mújica o un Ávila Camacho para consolidar su proyecto, e incluso perfilarse como una opción electoral capaz de mantenerse en el poder?

Varios factores imposibles de predecir jugarán un papel determinante. Hay dos, sin embargo, que quizás ya podamos anticipar: en primer lugar, Morena por sí mismo no le bastará a ningún candidato, incluso si lograra para entonces consolidarse como un partido político funcional. En segundo, que casi seguramente se tratará de una figura sin el carisma de López Obrador porque por definición líder carismático no admite rival.

Visto así, será necesario no solamente construir una candidatura que logre cohesionar al Movimiento de Regeneración Nacional, sino que además posibilite alianzas con varios partidos políticos –probablemente más de los que apoyaron a López Obrador en 2018–, e incluso generar aceptación más allá de la izquierda, en diversos sectores sociales, incluido el empresarial.

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Se antoja un elemento adicional: frente a un presidente que ha privilegiado la honestidad y los principios por encima de la eficiencia, es probable que para entonces una parte importante de la sociedad esté demandando mejoras en la calidad de la gestión; un perfil que sea capaz de ofrecer alternativas para materializar el discurso de la 4T en logros más concretos y una mayor calidad en las políticas públicas.

Monreal puede ser hábil para formar alianzas tácticas con los partidos y acercarse a algunos empresarios, pero no tiene necesariamente la fama de un buen gestor público y es un personaje oscuro; Claudia Sheinbaum es una buena gestora pública y tiene una conducta intachable, pero quizás su perfil esté ideológicamente acotado a un sector de la izquierda.

Suponiendo que la continuidad de la autoproclamada 4T requiera de un Ávila Camacho y no un Mújica, hasta ahora Marcelo Ebrard –un hombre progresista, más que un cuadro de izquierda-- es quien más se acerca al perfil.

En primer lugar, porque Marcelo ha demostrado capacidad de interlocución con diversos sectores y en diversos temas ha logrado perfilarse como uno de los vínculos más importantes de este gobierno con el sector privado, como ocurrió con la negociación que permitió que los hospitales privados atiendan a pacientes del sistema público de salud o como ha ocurrido con empresas extranjeras que tienen negocios en México, especialmente en el sector energético.

Pero Ebrard ha mostrado también una capacidad de resolver todo tipo de problemas con eficacia política: desde pequeños infiernitos como la compra de pipas al iniciar la actual administración, pasando por la crisis migratoria que pudo traducirse en un grave perjuicio a nuestras exportaciones, hasta la compra exitosa de ventiladores e insumos médicos en medio de la pandemia.

No es casual que López Obrador confíe cada vez más en él y le encomiende un creciente número de temas fuera de su responsabilidad como canciller.

No deja de llamar la atención que ese mismo presidente, que normalmente valora otros atributos por encima de la eficiencia, en el caso de Ebrard sepa distinguir ese valor. Sospecho, sin embargo, que la confianza que le tiene va más allá de esa cualidad.

Marcelo no solo es eficiente y capaz de generar interlocución con diversos sectores, es también un perfil que ha probado su lealtad, como lo hizo en 2012 al bajarse de la carrera presidencial.

Falta un largo camino por construir y todo puede pasar, pero Marcelo Ebrard podría ser el Ávila Camacho de la 4T si logra mantener una conducta intachable y no subestima la importancia de llevarse bien con todos los generales.  

POR HERNÁN GÓMEZ BRUERA
Hernanfgb@gmail.com
@HernanGomezB

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