La miseria de las generaciones

Se trata de saber por qué razón brota, en una generación determinada, el germen de la degradación o de la corrupción, o también el de su miseria y, por tanto, el de su hedor. No tiene que ver necesariamente, me parece a mí, con el hecho de salir a estudiar fuera. Yo lo hice, y me siento un privilegiado por ello. Pero también por eso es que me siento responsable. Porque para mí el privilegio, antes que otra cosa, te hace responsable. Pues nada es gratis en esta vida, además de que ontológicamente nada surge de la nada.

Bien sea por tu situación de clase, o por las bondades de un sistema público de becas como el que tenemos en México, el hecho es que salir del país a estudiar es ya por principio un privilegio, y eso te hace responsable, y te obliga a rendir cuentas de alguna manera, en algún momento y a alguien: a tu familia, al gobierno o, sobre todo –creo yo–, a la sociedad en su conjunto.

Yo recuerdo siempre a estos efectos el caso ejemplar de Daniel Cosío Villegas: primer, o uno de los primeros mexicanos que estudiaron economía, y que lo pudieron hacer fuera del país, en Harvard y en Londres si no recuerdo mal. Un privilegiado de cuerpo entero, pero que volvió a México a consagrar su vida a la construcción de las instituciones educativas e intelectuales que para él necesitaba el país recién salido de una guerra civil que marcó hasta el tuétano, precisamente, a su generación.

Estamos hablando, en todo caso, de las clases dirigentes. Aquí está el problema más grave. Y sobre esto se ha escrito desde los clásicos de la teoría política. Es inusual escuchar a alguien hablar sobre esto, así tengan doctorados en el extranjero; yo por lo menos no lo he hecho: a nadie he escuchado, pero sépase que Platón, Aristóteles o Polibio pusieron a la corrupción de los gobernantes en el centro de sus indagaciones, situado en el corazón del problema de las virtudes y los vicios encarnados por quienes ocupan el centro de poder de la república.

En todos los casos, la correlación entre vicio y virtud es lo que activa los ciclos políticos de cambio de régimen. Para Platón, por ejemplo, la timocracia es la degeneración de la aristocracia, y el hombre timocrático es el que se guía por la ambición; la oligarquía es a su vez la degeneración de la timocracia, y el hombre oligárquico es el que se guía por el ansia de riquezas, así como el democrático lo hace por la libertad inmoderada, y el tiránico por la violencia.   Para Aristóteles, el criterio de un régimen recto o desviado lo marca el hecho de que se gobierne para el bien general o para el bien particular: tiranía, oligarquía y demagogia son las degeneraciones de la monarquía, la aristocracia y la democracia respectivamente, porque en caso de los primeros no se gobierna para el bien general, sino para el propio. No importa tanto, entonces, para Aristóteles, el hecho de que gobierne uno, algunos o “todos”, siempre que, en resolución, lo hagan para el bien general o bien común, según dijo luego, también, Santo Tomás.

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POR ISMAEL CARVALLO
ASESOR EN LA CÁMARA DE DIPUTADOS
@ismaelcarvallo
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