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Se acaba el verano

OPINIÓN

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Aunque no pareciera que hubiese existido, porque esta temporada que debiera estar marcada por algún grado de descanso estuvo plagada de sobresaltos y angustias colectivas. La pandemia ha sido implacable con aquellos países que la han enfrentado con maniqueísmo y displicencia, y en ambas dimensiones nuestro gobierno se ha pintado solo. Todavía la mañana de este viernes, el Presidente de la República nos ofreció otro ejemplo de ello al advertirle a sus opositores que se pondría el tapabocas “cuando se acabe la corrupción”. Diez de diez en ambas escalas. El efecto es una tragedia humana brutal en su dimensión de salud y económica; las cifras son espeluznantes. Empezarán a verse eventualmente, más datos de otros impactos de esta crisis espantosa en pobreza, violencia doméstica, inseguridad, y un largo etcétera.

Pero el fin de temporada —al menos la vacacional, digamos, porque formalmente el otoño empieza hasta el 22 de septiembre— debiera ser también motivo para recapitular. Una de las reflexiones con las que quizá nos hemos confundido es que la pandemia será transitoria. En parte por el pésimo desempeño de nuestros voceros públicos, que han insistido en convencernos de esta noción. Quizá algo del engaño ha tenido éxito, y por ello se opera bajo la ilusión de que, como una temporada del año, el túnel de la pandemia tiene una salida pronta y, en una de esas, hasta luminosa. No es así.

Esperemos que las buenas noticias que se atisban sobre las vacunas se acaben por confirmar. Pero aún así es difícil imaginar que pasará menos de un año de aquí a que logremos una vacunación exitosa y universal en nuestro país. Hasta entonces, la cotidianidad del temor a enfermarse, de la distancia, los tapabocas, las caretas y los sanitizantes, a la par de las reuniones de tiempos y tamaños limitados, será una constante. Quizá empiece a disminuir su ubicuidad velozmente. Quizá incluso le ilusione a muchos, ¿a usted?, que nuestra perenne desigualdad les permita disfrutar de los privilegios de la inmunidad mucho más rápido que a la enorme mayoría de la población. Pero espero con sinceridad que al menos hagamos consciencia de nuestra responsabilidad colectiva para evitar que, como ocurre ahora con la atención hospitalaria, los peores daños los paguen una vez más quienes menos tienen.

Una vez lograda, si es el caso, la inmunidad universal, la reconstrucción económica será tortuosa. Además de las vidas segadas y los daños duraderos en la salud de miles, costará mucho recuperar los empleos, los ingresos, las oportunidades que existían hasta hace pocos meses. Ello llevará aún más tiempo, y no se vislumbra motivo alguno para un milagro en lo económico, aunque hay algunas noticias, como la que le relataba aquí hace una semana (reforma de pensiones), que atemperan el pesimismo al que nos tiene acostumbrados Palacio Nacional.

Es por ello momento de repensarnos en dos vertientes. Por un lado, en retomar esta vida desde las pantallas y tras las máscaras como una faceta duradera de una nueva normalidad. Preguntarnos desde aquí qué apreciamos de nosotros y nuestras vidas, y consolidarlo y acrecentarlo. Aprender nuevas cosas, y nuevas formas de hacer otras, como si el túnel fuese a durar al menos un año más. Y reconocer que a la salida del mismo tendremos tareas aún más arduas que las que enfrentábamos antes de entrar a él, pero por lo mismo también nuevas oportunidades de reencontrarnos: en la solidaridad, en la compasión, en la colaboración, en una genuina transformación. Para que no sea en vano esta larga y dolorosa temporada.

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POR ALEJANDRO POIRÉ

DECANO ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO TECNOLÓGICO DE MONTERREY

@ALEJANDROPOIRE

irv / eadp

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