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'Distractores' en tiempos de crisis

Los símbolos son poderosos. Importan, sí, pero no son suficientes para gobernar

OPINIÓN

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Han llovido críticas por los “distractores” que representan el avión presidencial y el juicio-show a Emilio Lozoya. Es obvio que ambas cosas son una manera de jalar el reflector de lo urgente, a lo estratégico. Lo urgente es la emergencia sanitaria de COVID que luce incontrolable, y la crisis económica que ha dejado a millones de mexicanos sin empleo y quebrado a decenas de miles de negocios de todos tamaños. Lo estratégico, para el Presidente, es sacudirse ese costal de malas noticias y encauzar la narrativa hacia las columnas de su 4T: austeridad y combate a la corrupción. Ante una muy disminuida oposición, y pese a los frentes abiertos, el gobierno de López Obrador ha retomado, sin mayor resistencia, las riendas de la conversación pública.

Con casi 45 mil muertos por coronavirus (en la cifra oficial, porque las investigaciones más sólidas apuntan que habrá que multiplicar el número de decesos por tres) y la crisis económica que enviará a la pobreza a unos 10 millones de mexicanos (Coneval) y mantiene a más de 15 millones sin ingresos (Inegi), resulta increíble que la discusión nacional esté centrada en el avión que compró el gobierno de Felipe Calderón, en el que volaba Enrique Peña Nieto y no tenía “ni Obama”. Increíble, también, que la puesta en escena en torno a quien presuntamente desvió millones de pesos y se enriqueció desde el ejercicio de poder, alcancen para enterrar las prioridades.

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Los distractores son exitosos porque forman parte de la nueva simbología en la que AMLO ha insistido. Son esencia de su congruencia. Buena o mala, ha sido consistente.

Pero esos símbolos no serán suficientes. Hasta ahora, han servido para que el Presidente acumule 20 días subiendo en las encuestas de aprobación (Mitofsky) y su popularidad se coloque en niveles de inicios de marzo, previo al estallido de la pandemia en México. Pero el crecimiento es artificial y en cualquier momento puede desinflarse porque las crisis no desaparecen sólo con percepción.

Desde el día uno de su gobierno –y quizá desde mucho antes-, López Obrador decidió que importa tanto la forma —o quizá más— que el fondo. De la austeridad en los sueldos de los funcionarios a la apertura de Los Pinos como centro cultural, pasando por no ser protegido por el Estado Mayor y, claro, el avión presencial.

Pero, los cambios de insignias —necesarios pero insuficientes—, requieren acompañarse de resultados y ese sigue siendo el gran reto: que la realidad cambie a la velocidad de la simbología, porque si no el Presidente podría quedarse atrapado solo entre palabras y estrellarse con la verdad.

Hasta ahora, para él la forma importa más que el fondo, porque el fondo es la forma. Su habilidad para poner agenda y guiar la conversación es tan obvia como la incapacidad de sus opositores para hacerle frente. Así que sí, se habla del avión y Lozoya porque el Presidente quiere, pero también porque sus adversarios no han podido articular algo más allá de ese par de “distractores”.

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POR MANUEL LÓPEZ SAN MARTÍN 

M.LOPEZSANMARTIN@GMAIL.COM 

@MLOPEZSANMARTIN

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