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Morir de glamour II

OPINIÓN

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Para mí la moda es una rama del arte, de las más admiradas, pero también de las más estigmatizadas. Surgió por necesidad, como casi todo y sus primeras versiones eran básicas, confeccionadas con pieles y plumas de aves locales.

Ya cuando la humanidad se asentó, su mente sintió la necesidad de embellecer los objetos, de pintarlos con los colores de las tierras, de los distintos camotes salvajes o de la combinación de varios elementos.

Así como la tierra, el aire, el fuego y el agua los proveía de vasijas contenedoras de los granos de las cosechas, la ropa comenzó a tomar formas menos improvisadas. De esos tiempos, puedo imaginar al primer ser que tomó entre sus manos la olla de la cebada y la decoró, pero ¿con qué motivo si ese objeto cumplía bien con su función?

Pues por el gusto de embellecer su entorno y por la satisfacción de ser capaz de generar algo hermoso, además del golpe de adrenalina que debió soltar su cerebro durante el proceso de creación. Lo mismo sucedió con la ropa, pero a los que admitimos que nos gusta nos tachan de frívolos, aunque a los que aman las vasijas los alaban por su pensamiento intelectual.

En mi camino, he visto muchos zapatos increíbles, pinturas espectaculares, esculturas geniales y vestidos que te hacen llorar cuando ves la seda que compone la falda, moverse con el viento de octubre, mientras la portadora baja unas escalinatas curveadas y el sol, que entra por la ventana, nos desvela los matices tornasolados de la pieza de arte en cuestión. Estoy hablando de las escaleras del Museo Nacional de Arte, cuando subiendo al primer piso presencié esta escena.

Fue la tela que más me impactó de esa visita y aun no me recupero de su belleza; he deseado encontrar ese vestido para verlo una vez más antes de morir y toda vía no se cumple mi deseo. Y esta escena maravillosa la tenía perdida hasta que releí el libro de Boris Izaguirre que da nombre a este escrito porque es propio de la naturaleza del autor que divaguemos cuando hablamos de él.

Boris está dotado de un don mágico, posee una presencia escénica abrumadora y una plática tan disfrutable que ni cuenta se da uno de que está aprendiendo de arte, de historia, de cómo emplear bien el español pero también de dignidad y, sobre todo, de moda. Morir de glamour es hoy más un pretexto para hablar de él y de cosas mundanas en esta columna de arte, cuya autora recomienda ampliamente que conozcan a un escritor como pocos y vean la entrevista que le hizo Jaime Bayly en 2015, para que lo conozcan mejor.

Boris es culto, rebelde, contestatario, hilarante, poderoso con la palabra y un gran ejemplo de que la verdadera frivolidad radica en desdeñar la belleza y no hacerla parte de nuestra propia piel.  [nota_relacionada id= 1145352]

POR JULÉN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG

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