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Una latinoamericana al COI

OPINIÓN

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Si en general la historia del deporte olímpico no ha sido fácil para las mujeres, que durante muchos años tuvieron casi prohibido participar en los Juegos Olímpicos y sólo podían hacerlo en deportes y disciplinas considerados “estéticos y apropiados para su femineidad”, para llegar a ocupar cargos directivos y ejecutivos en el Comité Olímpico Internacional, la batalla por la equidad de género ha sido todavía más lenta, aunque no menos intensa y dura, para vencer la idea de que el olimpismo era un “club de hombres”.

Por eso la noticia de que el viernes, en la sesión 136 del COI —reunida por primera vez de manera remota por el coronavirus— una nueva mujer: la cubana María Caridad Colón, fue electa para formar parte del máximo órgano de dirección del olimpismo internacional, es sin duda una gran noticia para la lucha por la igualdad de género y oportunidades en el deporte.

Quien se convirtiera en 1980 en la primera mujer latinoamericana en ser campeona olímpica, al ganar el oro en lanzamiento de jabalina en los Juegos de Moscú, es, con la decisión casi unánime del pasado viernes —88 votos a favor y 1 en contra— la cuarta mujer de Latinoamérica que forma parte del Comité Olímpico Internacional.

Esto, que parece un dato menor, cobra su justa dimensión cuando se sabe que, hasta 1980, el Comité Olímpico Internacional estaba integrado por una asamblea exclusivamente masculina. Fue el español Juan Antonio Samaranch quien decidió poner fin a esa irregularidad y aceptó por primera vez a dos mujeres en el organismo: la venezolana Flor Isava y la finlandesa Pirjo Häggman. Pero después de ese primer paso histórico, el avance de las mujeres fue muy lento: 25 años después, para el año 2005, el COI estaba formado por 116 integrantes, de los cuáles sólo 12 eran mujeres; es decir apenas un 10.5% de participación femenina en el máximo órgano olímpico.

Hoy, en 2020 y con las incorporaciones de este viernes, de los 105 integrantes que tiene el Comité 36 son mujeres –contando a la miembro honoraria Anita DeFrantz— y 69 son hombres; es decir, 35% de integración femenina por 65% masculina.

Puesto en perspectiva, en el deporte internacional se repite el mismo modelo de dominio del género masculino durante muchas décadas y, conforme el feminismo y la lucha por derechos de las mujeres e igualdad de género avanzan en el mundo, también han ido abriendo al mundo deportivo, más por la exigencia y el empuje de las mujeres, que por la convicción de quienes durante mucho tiempo pensaron que “los deportes eran una actividad exclusiva de los hombres y sus masculinos atributos de fuerza, velocidad, competencia, acción y potencia”; ninguno de ellos reconocido durante mucho tiempo a las mujeres, a las que se les encasillaba en el estereotipo de femineidad, asociado a la delicadeza, sumisión, debilidad física, emocionalidad, poco compañerismo y maternidad como “destino natural”.

Pero eso ha cambiado gracias a la lucha y empuje de mujeres como María Caridad y de miles de deportistas que obligaron a que en 2016, tras los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, donde la participación de mujeres ya fue del 45% del total de atletas, el COI se alineara a la agenda internacional por la igualdad de género en el deporte mundial, y se comprometiera a que en Tokio 2020, hoy pospuestos por la pandemia del COVID-19, se alcanzaría por primera vez en la historia una participación igualitaria entre hombres y mujeres en los Juegos Olímpicos de 50-50.

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Mientras llega el momento de que veamos ese logro histórico para el olimpismo, mujeres como la cubana María Caridad, que tuvo que esperar 21 años para que la invitaran a integrarse al COI, siguen abriendo brecha, lo mismo que en México Jimena Saldaña, quien después de años de haber sido el brazo operativo del Comité Olímpico Mexicano, siempre al lado de Mario Vázquez Raña, en 2021 se lanzará como candidata a presidir el movimiento del olimpismo nacional. Esperemos que Jimena lo logre y que sea la primera mujer en la historia en dirigir al COM; porque hoy las mujeres hemos demostrado, con base en capacidad, disciplina y entrenamiento, que el género no nos limita y que también somos: “Citius, altius y fortius”, más rápidas, más altas y más fuertes.

POR ROSSANA AYALA
AYALA.ROSS@GMAIL.COM
@AYALAROSS1

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