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Esclavos de la imagen

OPINIÓN

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Esta pandemia ha sido un momento de inflexión para mí, de reevaluación y replanteo en varias áreas de mi vida.  

Una de las cosas que me di cuenta es que soy esclava de mi imagen, y no hablo solamente de la física. Aunque siempre he tratado de ser una persona honesta, directa, derecha, congruente y sin rodeos, este brinco hacia el interior ha sido un verdadero despertar en muchas áreas de mi vida.  

Mantener una imagen a veces resulta un trabajo de tiempo completo. La cantidad de energía que se le puede llegar a dedicar es enorme y puede resultar en ansiedad y depresión.   

Vivimos y nos desenvolvemos en diferentes círculos. El social, familiar, laboral, religioso, etc. Y para cada uno usamos diferentes disfraces para poder pertenecer. Las diferentes ideologías, presión social y familiar a veces nos hacen construir personajes de nosotros mismos que creemos que somos, para desempeñar el rol esperado de nosotros, evitando así, sin darnos cuenta, la libertad que conlleva el descubrir realmente quiénes somos, qué queremos, creemos, o dónde y con quién pertenecemos. 

Tenemos heridas y creamos estos disfraces o máscaras para pertenecer y ser aceptados en donde creemos que debemos estar. 

Todos tenemos una imagen, nos guste o no. Tu forma de presentarte físicamente, tu atuendo, arreglo personal, olor, tacto, voz, y comportamiento son sólo algunos de los preceptos que intervienen para emitir cientos de mensajes al mundo sobre quiénes somos. 

También tenemos energía. Esta no se ve, solamente se siente. Y la energía que proyectas tiene todo un lenguaje que llega directamente al inconsciente de los demás. Esa no se disfraza, se maquilla ni se esconde. Si silencias suficiente el mundo exterior, la sientes, en una voz interna que te guía instintivamente, comunicándote con claridad quién eres. 

Las redes sociales nos han alienado de esta voz y han contribuido a que nuestra imagen sea un capricho que sirve para nutrir a nuestra parte narcisista, aquella que necesita las porras, los likes, la adoración disfrazada, y que de cierta extraña forma nos da un sentido extraño de pertenencia.  

¿Pertenencia a qué? Sería la pregunta. Con los pies en la tierra entendamos que no hay una relación directa entre la imagen de una persona y el valor que tiene. Las comunidades de las plataformas sociales pueden distorsionar la imagen literalmente. 

Estoy a favor de ser tu mejor versión físicamente, lo que ello para ti signifique, pero siempre y cuando el costo de serlo no vaya en contra de tu salud e integridad física, mental, moral o económica.  

Pero también estoy a favor de ser tu mejor versión internamente. Y una va de la mano con la otra. Porque si estás bien por dentro, quieres reflejar lo mismo por fuera. Solamente trabajando dentro de ti puedes sacar esa belleza real, la que no necesita máscaras, la que no envejece, la que perdura.  

Vivimos en una sociedad encaprichada con el “parecer” y no con el “ser”.  Este es un momento clave en la historia mundial en el que la narrativa cultural está cambiando, en donde vivir para mantener una imagen que no sea auténtica resulta un capricho millonario, que ya muchos no estamos dispuestos a pagar.  [nota_relacionada id=1150346]

POR BRENDA JAET

@BRENDAJAETK

avv / eadp