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El silbido del Pastor

OPINIÓN

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Que oportuno resuena el silbido del pastor cuando peligran sus ovejas.  El día de ayer se publicó una “Declaración conjunta de los Obispos de México sobre el don de la vida y la dignidad de la persona humana”, convocando a todos los mexicanos a unirse como hermanos para tender la mano a quienes sufren y lo necesitan dándoles razones de esperanza.  

Sentimos tan cercana la amenaza de la muerte que parecería que le estamos perdiendo el respeto a fuerza de convivir con ella. Al final de cada día escuchamos con cierta indiferencia, el informe de las autoridades de salud con el recuento de víctimas acumuladas por la Pandemia. Y en medio de tanta confusión resalta, por contraste, el valor de la vida y la dignidad de la persona humana sustentada en la revelación cristiana y en la luz de la razón, dando razones de esperanza.

Lo cierto es que esta pandemia nos ha hecho ver la vida como una bendición. Apreciamos cada vida empezando por la nuestra como un valor inapreciable, como algo que no se puede negociar, con lo que no podemos jugar, cuidando de no poner en riesgo la vida de los demás sin importar edad, sexo o condición social. La que ha discriminado esta vez ha sido la Pandemia ensañándose con los mayores, como queriendo compensar a los niños librándolos del contagio. Preocupan especialmente los abuelos, aunque tampoco se llevan la exclusiva. Pese al aire de juventud que ostentan cada vez más las segundas y terceras generaciones, el Covid-19 arrasa parejo con quienes se interponen a su paso.

El pueblo de México es un pueblo que ama y celebra la vida sagrada desde sus inicios pues comporta la acción creadora de Dios. Bien decía Octavio Paz que “en todas las culturas, la maternidad es motivo de ceremonia y celebración por la fascinación que ha generado siempre el fenómeno de la vida y la continuación simbólica de la especie” sin in embargo, insensibles ante el valor de la vida, de los demás desde luego, algunos insisten en propagar la “incultura de la muerte” aún en momentos en los que lloramos las pérdidas. Me refiero al aborto que ha cobrado más víctimas en la CDMX que las arrebatadas por la pandemia, algo de lo que nos tendríamos que avergonzar. Ni la embestida de la muerte ha sido capaz de abrir los ojos y tocar el corazón a quienes ofrecen la píldora del día siguiente aprovechando el confinamiento de la pandemia, promoviendo el aborto desde la comodidad del hogar, con el peligro que esto representa. Instituciones nacionales e internacionales sin escrúpulos lucran al amparo de una ley por demás inmoral.

Como buenos pastores los obispos dirigiéndose a todos los hombres de buena voluntad, presentan esta Declaración en un momento en que nuestro querido pueblo sufre los embates, cada vez más constantes, de la “incultura de la muerte” y se enfrenta a una serie de desafíos ante las más diversas y complejas situaciones. La raíz de todos los males que nos aquejan: violencia de género, crimen organizado, aborto, eutanasia, explotación sexual, drogadicción, abuso y daño de la naturaleza etc.., tienen su origen en el desprecio por la vida en todas sus manifestaciones, propia o ajena. El llamado de los pastores nos alerta poniéndonos bajo la protección de María de Guadalupe. Ella como buena madre que es cuidará, sin distinción la vida y la salud de todos los mexicanos.

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POR PAZ FERNÁNDEZ CUETO

COLABORADORA

PAZ@FERNÁNDEZCUETO.COM

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