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Morir de glamour I

OPINIÓN

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Boris Izaguirre es uno de mis personajes favoritos. Es un escritor venezolano muy apreciado en su país, en España y en Estados Unidos, pero en México no lo conocemos bien. Boris me gusta por muchas razones y es que además de que posee una pluma ágil, elegante, mordaz y bien dirigida, es también experto en moda. Él la ama y la consume como pocos; le sienta genial estar bien vestido y así, está preparado siempre para confrontar la adversidad, porque la moda es también una armadura. 

Boris me hace sentir cómoda con mi fascinación por el diseño, la diamantina, el “saber estar” y cosas así, porque a veces, en este mundo intelectual, es más fácil salir del clóset que sacar del clóset un vestido sensacional, sin que te juzguen mal. 

Sin embargo, es este mundito al que pertenezco, uno de los más frívolos que hay. Para el arte, la moda es un vital complemento y no sólo por las últimas tendencias culturales; basta con visitar la feria de arte contemporáneo más importante del país para sentir que estás en la pasarela más imponente de México. En los pasillos de MACO, año con año desfilan aproximadamente 300 pares de zapatos increíbles cada hora, que bien puedes disfrutar mientras admiras un Picasso y sostienes una flauta rebosante de champaña. Sin embargo, hay muchas personas que no comprenden por qué, si me gusta el arte, me pueden gustar tanto los zapatos y en realidad la respuesta es muy simple.

Lo que sucede es que tenemos en contra el conocido prejuicio de que la moda es fatua y el arte no pero, si me gusta una buena pintura, ¿por qué no habría de adorar unos tacones diseñados divinamente? A final de cuentas estamos siempre seleccionando nuestros objetos cotidianos basados en nuestra versión de la belleza. Observen a un comprador de arte y a uno de aretes: ¿ven alguna diferencia en su actitud frente al objeto de su deseo? Yo no. Pensemos en uno de los matrimonios más afortunados del siglo pasado, cuando Yves Saint Laurent reinterpretó en una colección de vestidos, los cuadros de un empobrecido Mondrian con tal éxito, que los dos artistas se volvieron millonarios. 

Con toda seriedad, propongo entonces que reivindiquemos el derecho a la frivolidad sin necesidad de intelectualizarla. Dejémonos guiar por la luz de la diamantina y del glamour calculado sin sentir culpa por estar montados en par de zapatos lindos. Si no, pregúntenle a Juan Villoro o a José Manuel Springer por su buen gusto con el calzado, o a Betsabée Romero por sus collares y rebozos de alarido que se le ven tan bien, y fíjense en los sacos que usan Álvaro Rattinger o Javier Marín. De Izaguirre platicamos la semana entrante pero sólo por hoy, tratemos de ser guapos de manera más consciente.

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POR JULEN LADRÓN DE GUEVARA

CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX

@JULENLDG

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