Estampas de una visita

Sirvió a objetivos muy personales de los mandatarios de México y Estados Unidos, incluidos los mutuos elogios

Llegó el día y el presidente López Obrador cumplió su visita de trabajo a Washington, D.C. Difícil hacer un balance de resultados a pocas horas del evento, pero algunas estampas quedaron claras.

El viaje. Fiel a su estilo, el presidente insiste en viajar por líneas comerciales, aunque pueda implicar mayores costos en tiempo, boletos y eficiencia. La imagen de una oficial de migración dirigiendo al presidente sin protocolo alguno a salir del avión no empata con el cuidado de su investidura.  

La agenda. Bien por las ofrendas florales en los monumentos de Lincoln y Benito Juárez. Mal la falta de atención a las comunidades mexicanas en Estados Unidos. Peor el desdén a los liderazgos del Congreso, especialmente a los legisladores demócratas que votaron a favor del T-MEC. Al no querer politizar la agenda, acabó tomando partido.

La comitiva. Llamó la atención la delegación empresarial mexicana. Sin duda, concentraba buena parte del PIB nacional, pero dejó de lado a los que integraron el “Cuarto de junto” y trabajaron de lleno en la renegociación del Tratado. También ausente, pero mencionado por su candidatura a presidir la Organización Mundial del Comercio, estuvo Jesús Seade, negociador designado por López Obrador.

Los discursos. Aunque forzado el paralelismo con la relación entre Juárez y Lincoln, destacó el mensaje inequívoco del mandatario mexicano de alineación con Norteamérica. En momentos de recesión económica y sombrías expectativas, manda clara señal hacia quienes buscan un viraje radical hacia la izquierda sudamericana.  Difícil de digerir, sin embargo, la alusión al “respeto y consideración” de Trump que choca con la sistemática agresión a mexicanos y mexico-americanos de ambos lados de la frontera. La contribución en ventiladores o barriles de petróleo no alcanza a borrar cinco años de agravios.

El viaje sirvió a objetivos muy personales de los mandatarios, incluidos los mutuos elogios como actores exclusivos de la relación bilateral. Se hablaron entre ellos y a sus públicos. Los 34 millones de potenciales votantes hispanos, en el caso de Trump, y los críticos desencantados de López Obrador. Por unas horas, crearon una imagen de normalidad.

En todo caso, el viaje era una prueba de fuego para la diplomacia mexicana, que salió airosa. Como dijimos aquí, no era esperable un maltrato de Trump a quien ha sido un funcional aliado. Pero el buen oficio diplomático logró lo impensable: la contención del presidente Trump y su apego al guión.

Falta esperar que la empatía entre ambos mandatarios se traduzca en acciones concretas. Hasta ahora, las amenazas a los migrantes y a los jóvenes DACA siguen de aquel lado, mientras que de éste persisten la incertidumbre y la hostilidad hacia la inversión privada. En última instancia, la apuesta no es a una sintonía personal, sino a consolidar la relación institucional entre nuestros países. [nota_relacionada id=1135839]

POR VERÓNICA ORTIZ

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@VERONICAORTIZO

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