Haz tu denuncia aquí

No tenemos utopía

OPINIÓN

·

Llama la atención el video que circuló la semana pasada, con motivo de la defensa del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), de Gilberto Rincón Gallardo, su presidente fundador, en uno de los debates de la campaña presidencial de 2000.

Ya en la presidencia, Vicente Fox promovió una reforma en la materia y, como resultado de la misma, se creó ese órgano que encabezó en su origen este líder de la izquierda mexicana de finales del siglo pasado.

Además de lo lamentable del episodio de debilitamiento institucional contra el Conapred (el embate desde Palacio Nacional contra su presidenta Mónica Maccise, el pretendido desconocimiento de López Obrador del órgano, etc.), impacta el video, tanto por lo que en él dice Rincón Gallardo, como por el momento histórico que evoca.

Es interesante la queja de Rincón Gallardo contra “el México de un solo hombre” y su intento (infructuoso) por descarrilar la que era claramente una contienda entre dos punteros, el propio Fox y Francisco Labastida, el candidato del PRI, y por abrirse un espacio en la izquierda frente a Cuauhtémoc Cárdenas y el PRD. Pero, sobre todo, ese discurso ilustra, desde la perspectiva socialdemócrata, la existencia de una suerte de utopía compartida por todas las fuerzas políticas.

En aquella campaña, pero incluso en la de 1994 y las posteriores, 2006 y quizá hasta 2018, México vivía una suerte de competencia entre versiones diferentes de cómo alcanzar propósitos sumamente similares: la democratización, el acceso a la justicia, un país de leyes y oportunidades para todos, un México razonablemente abierto al mundo y protagonista del concierto internacional de naciones.

Las diferencias eran de énfasis, pero no estrictamente de destino: más liberal o conservador, más o menos centralista, más o menos rápida la transición democrática, más o menos abierto al mundo, más o menos redistributivo. Todas las propuestas apuntaban a una nación con un Estado sólido, una economía de mercado y un pluralismo vibrante.

Todas ellas aspiraban, aproximadamente, a lograr una aparente modernidad que, si bien de distintos colores, formaba toda parte de una misma dimensión discursiva; era un proyecto colectivo identificable. Los partidos y partidarios que anclaban el espectro de alternativas para lograrlo habían sido preclaramente descritos desde 1981 en ese clásico de Rolando Cordera y Carlos Tello: “México: la disputa por la nación”. Hoy las cosas no son así.

No sólo porque la mayoría de los mexicanos dieron el mandato electoral más importante a quien ofreció (y se ha esmerado en lograr) mandar “al diablo” las instituciones del “régimen neoliberal”. El reto es más profundo. Carecemos de utopía porque no existe, ni en el poder ni en sus oposiciones, ni compartida, ni siquiera dividida, una idea de futuro colectivo mínimamente distinguible. ¿O a qué nos convoca el poder, más allá de destruir lo construido en los últimos 30 años?

La debilidad imaginativa no es monopolio de Palacio Nacional. Del lado de la oposición y de la intelectualidad, la sequía es igualmente pasmosa. De fondo, daría la impresión que hoy nadie sabe qué hacer frente al reto público porque no se ha construido un sueño de futuro mínimamente convincente.

Ni entre las élites ni para la población. No se ha sabido comprender ni aquilatar el fracaso de aquella utopía de la vuelta del siglo, pero tampoco se ha gestado una idea de futuro consistente con un mundo en el que ni la democracia, ni la paz, ni la sostenibilidad de la especie o del planeta pueden darse por sentadas. Mucho menos existe un discurso coherente con un mundo en el que la aceleración tecnológica está cambiando todos los parámetros de nuestra interacción social y económica. El contraste con la vuelta del siglo es elocuente.

[nota_relacionada id=1085146]

POR ALEJANDRO POIRÉ

DECANO ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO TECNOLÓGICO DE MONTERREY

@ALEJANDROPOIRE

IRV / jram