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Fueron los huevos rancheros

OPINIÓN

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Lo fascinante del periodismo es el descubrimiento. Para informar hay que investigar, ahondar en la materia, prepararse y encontrar sorpresas; se desbaratan mitos, se desmoronan imágenes, o todo lo contrario, se construyen ideales de algo que antes te era indiferente.

En los 25 años en los que he ejercido el trabajo periodístico he tenido la gran fortuna de conocer a enormes personajes. Sin embargo también hay momentos de desánimo cuando descubres una faceta no preconcebida de ellos.

En el año 2000 se lanzó una película de dibujos animados titulada The Road to El Dorado que cuenta con un buen cast de actores que prestaron su voz a los personajes, como Kevin Kline, Kenneth Branagh, Rosie Perez y Edward James Olmos.

Durante la promoción con la prensa internacional tuve la oportunidad de charlar con Armand Assante y Edward James Olmos.

No es que tras mi charla con el actor de ascendencia mexicana haya dejado de admirarlo como lo hacía desde muy joven. Simplemente es que nunca olvidaré que mi encuentro con él, quizá, no fue ni lo que él mismo hubiera deseado.

Tenía muchas ganas de charlar con un actor que siempre se había manifestado muy orgulloso de sus raíces mexicanas. Me cautivaba en la pantalla su voz profunda y su rostro anguloso interpretando papeles duros pero aspiracionales.

Aplaudo que, además, se esforzó por que la mayor parte de nuestra conversación fuera en español. El único detalle que realmente relajaba mi atención era que el actor se pasó gran parte de nuestra reunión periodística lanzando pequeños pero incesantes eructos.

Cada 3 ó 4 palabras iban acompañadas de un incómodo soplido hacia un lado de la habitación. James Olmos se llevaba la mano a la boca intentando tapar la expulsión de sus continuos gases saliendo por la boca y cortando sus respuestas, con lo cual el compás de nuestra charla perdía fluidez. Entre que el español le cuesta y que no dejaba de expeler lo que muy probablemente había desayunado, fue una verdadera odisea lograr establecer un ritmo en la conversación. Pasábamos del español al inglés y viceversa, viéndonos obligados a una pausa tras otra cada vez que le veía sufrir sintiendo un agrio recorriéndole el esófago hasta sacarlo por la boca.

Yo intentaba a toda costa no perder la concentración, pero es que me era casi imposible hacerlo. No sabía si soltar la carcajada, fingir que no me daba cuenta de que estuvieron pesados los huevitos con salsa picante, o decirle “Señor Olmos ¿le ofrezco un antiácido?”. Él seguía charlando entre un eructo y otro como si nada, pero he de reconocer que se le veía incómodo, no sé si de vergüenza, o de indigestión ¡Pobre!

¡Ni hablar! Fue así como desmoroné un mito ¿Lo sigo admirando como un gran actor? Sí, pero no me olvidaré de su pésimo sistema digestivo. [nota_relacionada id= 1075877]

POR ATALA SARMIENTO
COLUMNAS.ESCENA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@ATASARMI

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