Una historia de racismo y discriminación

Nunca olvida su tierra. Es un campesino perdido en una ciudad extraña. Lo recuerdo con su mirada extraviada en las nubes. “Pronto lloverá”, decía unos minutos después. Al principio no le creía, pero conforme sus vaticinios se cumplían intenté, primero, averiguar si tenía un método, luego me rendí y sólo le preguntaba: ¿lloverá hoy?

Sus padres lo mandaron a Oaxaca a los 12 años, llevaría en la memoria su pueblo (San Cristóbal Lachirioag, uno de los 570 municipios de ese estado), su infancia, su familia. “Aunque sea para que aprendas español”, le dijo su padre en una variante dialectal de la lengua zapoteca. En el pueblo vecino, la cabecera municipal, Villa Alta, sí se hablaba español. Había recelos y burlas entre ambos municipios.

Emprendió el camino a la boca del lobo del racismo y la discriminación: pobre e indígena. Quedaban atrás los bosques donde jugaba a las ardillas, la laguna donde nadaba a escondidas de su padre, la fruta fresca, el olor a jitomate y a cebolla. Ya no podría escuchar las lecciones de su padre, su mejor consejero: “cuando veas que alguien está robándose algún fruto de nuestros sembradíos, haz ruido, lo hace por hambre, deja que se escape”.

Ligero de equipaje: una muda de ropa y tortillas envueltas en hojas de plátano que Lucía, su madre, le preparó. Lo acompañaron en el trayecto de más de ocho horas en un autobús desvencijado y triste: el río, el bosque, las huellas de venado, las víboras, los hoyos de tuzas. Junto a él las imágenes de la enfermedad y el hambre. “Una noche estábamos tirados en el patio de la casa, esperábamos la muerte. Nadie sabía que teníamos”. No había dinero para doctor ni para medicinas. Pero la muerte no llegó.

Cuando la cosecha iba mal comían tortillas con plátano y café. Cuando todo marchaba bien había frijoles y chile, y una vez al mes, un poco, sólo un poco, de carne preparada en una olla enorme.

Primero llegó a Oaxaca donde trabajó en un mercado. Los malos tratos, la discriminación y un salario miserable caracterizaron esa etapa. El siguiente salto fue a la Ciudad de México. En la escuela, donde intentó estudiar, sus compañeros se burlaron de su acento y, por supuesto, de su color de piel. Dejó la escuela y trabajó de vendedor ambulante de billetes de la Lotería Nacional en un crucero. Cuando años después visitó a sus padres y les contó que no le iba tan mal le pidieron que se quedara, que la tierra les daría de comer. No aceptó, sabía que la tierra no da lo suficiente para vivir y que en su pueblo no podría sobrevivir con su nueva familia. Siempre regresaba a la ciudad de México con café sembrado por su padre o sus hermanos. El olor de la infancia, su identidad.   


El poeta Hubert Matiúwàa escribió este poema que resume esta sensación de racismo y discriminación:


“Vestida de colores bajaba a Màñuwìín,
veían en ella lo que negaban,
el recuerdo de los huaraches con tierra,
color del que se pintan las casas
y madura la tarde en la Montaña” [nota_relacionada id= 1079927]

POR DANIEL FRANCISCO
EDITOR DE UNAM GLOBAL
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