Un partido más allá de AMLO

La función de un partido de izquierda que está en el poder no es seguir servil y ciegamente a quien está en la Presidencia

Para llegar al poder, López Obrador creó un instrumento político –Morena– que aún no es propiamente un partido y que, en las condiciones actuales, tal vez no tenga vida más allá de su mandato.

Tristemente, el Presidente no parece haber tenido mayor interés en consolidar un partido fuerte y con vida orgánica propia, y quienes han estado al frente lo han visto como un mero espacio de poder, siendo incapaces de trascender lógicas facciosas.

Más allá de las fantasías que se hacen algunos, Morena es hoy un cascarón vacío. Una estructura sin instituciones, reglas, ni documentos básicos reconocidos por todos sus integrantes.

La autoproclamada Cuarta Transformación requiere de un proyecto en un sentido de izquierda, capaz de trascender la próxima elección. Por eso, es fundamental consolidar un partido político de izquierda medianamente institucionalizado e ideológicamente consistente.

La función de un partido de izquierda que está en el poder no es seguir servil y ciegamente a quien está en la Presidencia, ni ser acólito de un semidiós que encarna al pueblo, aun tratándose del mayor líder social y político de las últimas décadas.

Se equivocan quienes buscan erigirse en comisarios soviéticos de la era moderna y dictar desde esa posición quién es un buen obradorista y quién encarna la palabra del “Señor”. Sin descuidar el tiempo presente, de lo que se trata es de articular un proyecto capaz de trascender en el tiempo.

Entender el papel de un partido político implica diferenciar sus tres esferas fundamentales. Richard Katz las definió con claridad: el partido como estructura burocrática, el partido en el gobierno y el partido de base en el territorio. Cada una de estas tiene su propia dinámica, sus funciones y motivaciones.

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La estructura burocrática de un partido programático, como se supone que es Morena, no tiene por qué limitarse a las preocupaciones del partido en el gobierno. Le toca apoyar a quien llevó al poder, desde luego, pero –al no estar sujeto a las mismas presiones–, no debe ser preso de la misma lógica.

Es perfectamente válido y necesario que desde el partido se busquen materializar cambios sustantivos que escapan al partido en el gobierno y no están en la agenda presidencial. Así lo ha intentado hacer Alfonso Ramírez Cuéllar, al afirmar que la política de austeridad tiene sus límites, al insistir en que México necesita establecer una medición de desigualdad o al poner sobre la mesa la necesidad de una reforma fiscal progresiva.

Como presidente interino de Morena, Ramírez Cuéllar está haciendo precisamente lo que toca hacer desde la burocracia partidista a un partido de izquierda programático. Esto no lo hace el traidor que algunos quieren ver desde una visión dogmática o desde sus propios cálculos políticos de corto plazo. Además de resolver sus problemas internos, a Morena le corresponde tanto acompañar este proceso político, como plantear una ruta de cambios que le den viabilidad y sustento en el largo plazo. [nota_relacionada id= 1083619]

POR HERNÁN GÓMEZ BRUERA
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