La catástrofe del sector energético (parte I) PEMEX

Pemex podría ser una empresa con estándares de productividad de primer mundo.

Pemex podría ser una empresa transparente, con un gobierno corporativo a la altura de cualquier petrolera de país desarrollado.

Pemex podría ser una empresa sustentable, que invierte en mejoras que ayuden a cuidar el medio ambiente.

Pemex podría ser una empresa innovadora, a la vanguardia en ciencia y tecnología; una empresa que desarrolla conocimiento aplicado y contrata a los mejores técnicos en hidrocarburos de México y del mundo.

Pemex podría contribuir a fortalecer la oferta de energía para la industria nacional, potenciando nuestras exportaciones.

Sin embargo, en manos de un gobierno que ve hacia el pasado, Pemex es el talón de Aquiles de las finanzas públicas del país, absorbiendo recursos masivos que hoy deberían usarse para salvar enfermos y rescatar a la economía nacional.

Gracias a esta visión de un mundo que ya no existe y que por cierto nunca existió, Pemex es una generadora creciente de pérdidas. La última vez que Pemex tuvo ganancias fue en 2012, cuando ganó dos mil 600 millones de pesos. En 2018, perdió 180 mil millones de pesos. En 2019, ya con López Obrador en el poder, las pérdidas casi se duplicaron y llegaron a 348 mil millones. Para el primer trimestre de 2020, llegaron a 562 mil millones de pesos: más del triple que en 2018.

Gracias a esta visión de un nacionalismo malentendido, Pemex no trabaja ni aspira a trabajar con estándares de eficiencia. Con más de 122 mil empleados, produce 1.6 millones de barriles de crudo diarios y procesa 592 mil barriles de crudo al día. Exxon, con 71 mil empleados, produce 2.3 millones de barriles diarios y procesa 4.3 millones de barriles de crudo al día, más de siete veces lo que hace Pemex.

Desde luego, a este gobierno y en especial Presidente, no le entiende y por lo tanto no le interesa que Pemex tenga un buen gobierno corporativo. La mitología dice que los “accionistas” o “dueños” de Pemex somos “todos los mexicanos”, pero de nada nos sirve porque la empresa es manejada por el gobierno en turno como mejor le parece. López Obrador cree que gobernar es 90% honestidad y 10% capacidad. Por eso puso al frente del sector energético a una secretaria de energía sin experiencia en el mercado energético. Rocío Nahle debe ser la única Ministra del mundo que conserva su trabajo después del desastre que fue la negociación de la OPEP y de triplicar las pérdidas de una empresa en menos de año y medio.

Esta visión nacionalista malentendida también es reacia a que Pemex invierta el dinero del pueblo en proyectos que generen riqueza para el país. Por el capricho de una sola persona, se está construyendo una refinería que costará cerca de 370 mil millones de pesos y que perderá dinero de los mexicanos en el caso de que llegue a operar por cada año que trabaje y sobre una zona prohibida donde se devastaron cientos de hectáreas de mangle y se dejará a la planta expuesta a inundaciones.

Al Presidente ni a la Secretaria de Energía no les interesa la técnica ni la experiencia, y por eso Pemex ya no puede ni siquiera producir lo más básico. Por ejemplo, el combustóleo de Pemex ya no cumple la Norma de 2020 de la Organización Marítima Internacional, que ahora exige 0.5% de azufre contra el 3.5% que antes se tenía permitido. La empresa quedó fuera del mercado del combustóleo naviero. El gobierno pretende canalizar el contaminante combustóleo de Pemex a las plantas de CFE para generar electricidad, por eso el CENACE y la SENER bloquearon los proyectos de energías limpias.

En las actuales condiciones, poner a Pemex en el centro de la estrategia de desarrollo nacional es más que un error: es un crimen económico. Sin duda es una empresa clave, pero México es más importante. La política de AMLO y Nahle, basada en creencias políticas sin asidero en la realidad, está empujando a todo el país hacia el abismo. La catástrofe de Pemex será la catástrofe de México.

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POR FAUSTO BARAJAS
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