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Política exterior para avanzar la causa de las mujeres

Nuestra Constitución consagra como obligatorios los tratados internacionales sobre derechos humanos

OPINIÓN

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La gran revolución social que cambiará la historia en el siglo XXI es la que estamos haciendo las mujeres: para irrumpir de lleno en todos los espacios de la vida pública; para conquistar la libertad plena en nuestras vidas privadas; para derribar las construcciones culturales que perpetúan desigualdades económicas y sociales; para erradicar las violencias estructurales. Lo vemos en todo el mundo: la respuesta ante los agravios e injusticias ya no es el silencio.

Esta lucha, como todo esfuerzo político-social, requiere usar estrategias simultáneas. Por ejemplo, la vía legislativa es indispensable para impulsar leyes e instituciones que favorezcan a las mujeres. Al mismo tiempo, desde la academia y la sociedad civil, las especialistas hacen trabajo de concientización mediante publicaciones, foros y activismo. Las movilizaciones en la calle, como la que atestiguaremos este domingo 8, y el paro del lunes 9 son estrategias sin las cuales muchos temas no serían visibles.

Hay una estrategia de la que se habla poco, pero que resulta invaluable para impulsar la causa de las mexicanas: la política exterior.

Por un lado, nuestra Constitución consagra como obligatorios los tratados internacionales sobre derechos humanos de los que seamos parte. Por ejemplo, México es signatario de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. En virtud de ello, las organizaciones de la sociedad civil, colectivos y activistas pueden recurrir a mecanismos legales para presionar al Estado en la lucha contra las violencias de género. En el Senado ratificamos el Convenio 189 de la OIT sobre derechos laborales de trabajadoras domésticas, que crea recursos legales para demandar el cumplimiento de estos compromisos. Hay instancias externas, como el Comité para Eliminar la Discriminación contra la Mujer de la ONU, que pueden realizar investigaciones en nuestro país y emitir recomendaciones, con los que vale la pena trabajar más estrechamente.

Al mismo tiempo, en la medida que México sea más activo como promotor de la agenda de las mujeres en el exterior (foros multilaterales, mecanismos de gobernanza global, diplomacia parlamentaria, etc.), se crea un compromiso diplomático que “hace más costoso”, políticamente, ser negligentes con esta misma agenda en casa. De esta forma, se hace presión, desde el exterior, a gobiernos nacionales para que estos temas sean prioritarios en sus políticas públicas.

A esto se añade la posibilidad de recurrir a la comunidad internacional para resolver viejos problemas que aquejan a las mexicanas, pero también nuevos: nuestro país puede promover nuevos instrumentos internacionales sobre impartición de justicia con perspectiva de género, seguridad informática de las mujeres o responsabilidad de las empresas en el ambiente laboral. La política exterior debe ser un instrumento para avanzar causas nacionales, y de manera prioritaria la de las mujeres. Vale la pena voltear a ver más a la diplomacia para impulsar esta revolución del siglo XXI.

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POR CLAUDIA RUIZ MASSIEU

SENADORA DE LA REPÚBLICA POR EL PRI

@RUIZMASSIEU

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