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El arribo de las vacunas a territorio nacional fue recibido con reservas, ya que las pocas que llegaron se utilizaron para inocular a la burocracia salubrista

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Alejandro Echegaray / Campus / Opinión El Heraldo de México

Para celebrar la Natividad, el presidente Andrés Manuel López Obrador le regaló al sindicalismo magisterial la Secretaría de Educación Pública. Y al pueblo de México, tres mil dosis de la vacuna Pfizer. La designación de Delfina Gómez Álvarez fue inesperada pero no sorprendente. Lo que resultó notable —por parte de los partidarios del lopezobradorismo— fue la defensa de su nombramiento y las apologías a la estrategia de vacunación

Al grito de “acuérdate cómo dejaste Ecatepec” y “odias tanto al gobierno que quieres que fracase” inició la defensa de la maestra Delfina, y de la puesta en escena de las jornadas de vacunación. La encomienda primordial de la secretaria será fortalecer las clientelas electorales emanadas del magisterio con miras a los comicios del próximo verano. La salvaguarda de la novel funcionaria se centró en atajar las supuestas críticas clasistas del privilegio blanco. El arribo de las vacunas a territorio nacional fue recibido con reservas ya que las pocas que llegaron se utilizaron para inocular a la burocracia salubrista, y no al personal sanitario en el frente de batalla. 

No obstante, la militancia morenista celebró como si hubiéramos alcanzado la inmunidad de rebaño. ¿Qué produce este fanatismo? El rally round the flag y que ya no es políticamente correcto criticar al Presidente lo explican de manera parcial. Pero, ¿Qué incrementa la proclividad de que los individuos favorezcan a autarquías con tintes dictatoriales sobre regímenes democráticos y liberales? 

En el inicio del receso invernal cayó en mi Kindle el libro de Joseph Henrich, The Weirdest People in the World. Weird es raro o extraño, pero también el acrónimo de: occidental, educado, industrializado, rico y demócrata, en inglés. Henrich argumenta que en occidente los individuos son hiperindividualistas, mientras en el resto del mundo anteponen pertenencias colectivas. Los
occidentales privilegian los logros personales y profesionales sobre la familia (condenan el nepotismo), y su afiliación a grupos sociales independientes al clan es considerablemente mayor. 

Los raros, en occidente, piensan de manera analítica y no de forma holística. Según Henrich, las ideas democráticas, el Estado de derecho y los derechos humanos no iniciaron gracias a intelectuales o filósofos, sino que se fueron desarrollando para administrar asociaciones e instituciones a lo largo de la historia. Su relativismo tiene virtudes: amplía nuestra visión sobre los valores occidentales que han sido blanco de ataques por promover la objetividad, la libertad de expresión, el pluralismo, la democracia y el método científico. Y nos aleja de la visión maniquea de buenos y malos, ricos y pobres, villanos y víctimas. 

La conclusión más contundente es que el nivel educativo es la variable que mejor explica la inclinación de un grupo a adoptar valores democráticos y liberales, así como pluralistas. En ese sentido el nombramiento de Delfina le cae al morenismo, una vez más, como anillo al dedo.

POR ALEJANDRO ECHEGARAY
POLITÓLOGO
@AECHEGARAY1

 

 


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