Hablar de democracia

Cada democracia tiene sus dinámicas propias, ciudadanos más o menos informados e interesados, colegios o institutos electorales más o menos autónomos, marcos institucionales robustos o débiles

Hablar de democracia
Adriana Sarur / La Encerrona / Opinión El Heraldo de México

Hablar de democracia en occidente y en la actualidad parecería algo sencillo y, sobre todo, algo dado per se. Pero no es así. Como ejemplo tenemos los comicios recién efectuados en EU (país que, por antonomasia, abandera la democracia liberal en todo el orbe), donde el proceso no se remite a la  democracia directa. Repito, hablar de democracia no es tan fácil como la teoría o el imaginario colectivo nos lo podría presentar, no son definiciones simples como la traducción de la palabra griega nos lo indica, demokratia: demos quiere decir pueblo y, kratos que significa poder, y por tanto sería “el poder del pueblo”. ¿Todo resuelto? No.

¿Cómo podríamos equiparar la democracia mexicana a la estadounidense; la argentina a la alemana; la brasileña a la candiense; la española a la boliviana o; la francesa a la peruana? Simplemente no es posible. Aunque exista un marco conceptual, cada democracia tiene sus dinámicas propias, ciudadanos más o menos informados e interesados, colegios o institutos electorales más o menos autónomos, marcos institucionales robustos o débiles y culturas democráticas enraizadas en mayor o menor medida. Y así, el indicador más importante para situar a las naciones como desarrolladas, emergentes o en vías de desarrollo se realiza con base en la fortaleza democrática de los países.

Por esto, ha causado tanto revuelo en la ciudadanía estadounidense la rabieta que, hasta el día de hoy, sigue haciendo Trump al no aceptar los resultados electorales, puesto que la percepción es que con este acto se debilita su democracia y coloca a Estados Unidos como una “república bananera”, incluso hay voces que manifiestan que si esto continúa podría suceder lo que pasa actualmente en el Perú, ya que este país andino pasa por un momento muy turbulento en su democracia, en la credibilidad institucional y de gobierno, así como con el manejo de las manifestaciones sociales, aunado a las crisis económicas y sanitarias por la Covid-19.

Si bien hemos mencionado que la democracia pasa por sus niveles más bajos de confianza, regionalmente se acentúa. En Perú hace unos días que no existe una cabeza para menguar sus problemas. Lo que comenzó con la destitución del presidente Martín Vizcarra por actos de corrupción, le siguieron jornadas de intensas manifestaciones en Lima y en todo el territorio nacional, donde además existe represión policial. A esto le siguió la toma de protesta como presidente de Manuel Merino, pero tan solo duró en el cargo 5 días, pues ante el clima político interpuso su renuncia y, junto con Merino, la junta directiva del Congreso encabezada por Juan Valdez, dejando sin titulares del poder ejecutivo y legislativo, respectivamente.

Un día después de la renuncia de Merino arribó a la llamada “Casa de Pizarro” (Palacio Nacional) Francisco Sagasti como el tercer presidente de Perú en una semana, sin embargo en estos momentos sigue la incertidumbre en tierras andinas ya que el orden no ha sido restablecido pues la mayoría de la ciudadanía peruana ha perdido toda la esperanza en la clase política. Así, ejemplos como los de Estados Unidos y Perú (guardando proporciones) son una muestra más de que la democracia debe cuidarse y renovarse para poder estar a la altura de las sociedades y lograr satisfacer las necesidades de la población. Lo anterior también sirve de enseñanza para México si no quiere caer en una crisis democrática y aquel mencionado -tigre- se vuelva en contra de su domador.

POR ADRIANA SARUR
ADRIANASARUR@HOTMAIL.COM
@ASARUR


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