El Almirante y nuestra sangre II. Colón, Moctezuma Xocoyotzin y Hernán Cortés.

“Si en México leyéramos más, sabríamos que no hay cosa más difícil de matar que a un muerto.”

El Almirante y nuestra sangre II. Colón, Moctezuma Xocoyotzin y Hernán Cortés.
Julen Ladrón de Guevara/ Arte y Contexto/ Opinión El Heraldo de México

Con Cristóbal Colón, Hernán Cortés y Moctezuma, tengo una relación cercana de toda la vida. Mi padre, que era periodista y escritor, murió obsesionado con el descubrimiento de América, de la conquista espiritual y de los personajes que formaron parte de ese momento histórico, así que algo sé. Con especial cariño, recuerdo las historias que se contaban en la sobremesa de los domingos a propósito del tema, donde me enteré entre otras cosas, de que el capitán Francisco de Montaño bajó al cráter del Popocatépetl porque Cortés necesitaba fabricar más pólvora para el asalto final a Tlatelolco.

Montaño, hombre bravo y bien plantado, lo hizo con sus pesadas ropas colgado de una soga, y en 7 descensos extrajo 91 kilos de azufre cargándolos en la espalda. Emocionado por la hazaña, Cortés le escribió a Carlos V: “Imaginaos la proeza de subir ahí arriba con el material del que disponían, con el frío extremo de la cumbre y la altitud, y luego con dos cojones meterte en un cesto y que te bajen al cráter humeante a coger azufre…”.

En otra de las versiones de mi padre, aprendí que la primera batalla naval de América tomó lugar en el lago de Texcoco en 1521, con 12 bergantines armados. Como los abusos de los mexicas tenían hartos a los tlaxcaltecas, estos se aliaron con los ibéricos para derrocar a su enemigo en común, de otra manera, los mexicas hubieran hundido estos pequeños barcos tan sólo arrojándoles puñados de tierra.

Todas estas historias que se contaban como anécdotas, las viví con emoción, sintiendo que formaban parte natural de mi historia de vida ancestral, como si todos ellos hubieran sido mis parientes. Del origen de Colón, yo tengo otros datos que casi nadie conoce, y es que resulta que lo más probable es que el almirante fuera catalán y sobrino de los reyes católicos, razón por la cual pudo acercarse a Doña Isabel para que patrocinara sus viajes.

Esto lo sé por boca de Bartomeu Costa Amic, escritor catalán también obsesionado con el tema, amigo entrañable de mi padre y extraordinario narrador. Total, que los domingos después de la comida, la mesa de mi casa se convertía en una especie de púlpito desde el que se contaban hazañas extraordinarias, equiparables a las que aparecen en la biblia, con algunos sacerdotes invitados que platicaban con un ejemplar uso de los adjetivos, los pasajes de la mitología resultante del encuentro de los dos mundos.

Estos adjetivos que tanto respeto me merecen, eran abrillantadores de color, un vehículo alucinógeno que me hacía imaginar los paisajes, los ropajes o las ciudades de las que se describían. Por su parte, Moctezuma Xocoyotzin estaba siempre en la conversación porque nos parecía admirable, aunque falible; era un hombre de aspecto joven y sabio, todo un gourmand que no reparaba en considerar las distancias para degustar un pescado fresco.

Exigente pero sereno, limpio siempre porque se bañaba con frecuencia, erguido, imponente, con voz súper sexy y una presencia arrolladora además de ser un buen nadador, igual que yo en ese entonces. Como la primera vez lo imaginé siendo una niña, al pensar en él veía hacia arriba porque sentía que era un gran hombre, física e intelectualmente. Y todas estos recuerdo y reflexiones, las refresco cada año, cuando veo otra vez que no conocemos nuestra historia, lo difícil que es asimilarla y lo contradictoria que es nuestra verdad “verdadera”.

Estoy acostumbrada a convivir con estos tres caballeros desde la infancia, por eso me es tan extraño que este pueblo nuestro, cuya historia me parece extraordinaria, se ensañe condenando a dos de estos tres difuntos. Si en México leyéramos más, sabríamos que no hay cosa más difícil de matar que a un muerto, que no deberíamos considerar que los aludidos nos acarrearon desgracias que nosotros mismos fomentamos, y que tenemos en la sangre la herencia de todos ellos y otros más.

Esta idealización perversa sucede por no aprender de la historia y confiar en lo que dicen los demás. La historia, sus distintas versiones y la información que llevamos en la sangre es lo que somos, una mezcla afortunada de cosas increíbles. Por eso debemos aprender a vernos al espejo sin recelo. Su reflejo eres tú mismo, así que trátate con amor, no pienses que te ves mal o que eres feo. No te desprecies ni hables mal de ti, porque tu corazón es tu herencia y es lo que al final, nos mantiene de pie.

POR JULÉN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG


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