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Licencia para ser miserable

No les importan los 36 mil muertos que llevan; no les importan los enfermos que sufren por su negligencia

OPINIÓN

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El mensaje que el Presidente envía desde Palacio Nacional, y que sus propagandistas replican con penoso servilismo, es tan claro como contundente: las víctimas y sus familias son un objetivo legítimo del golpeteo político. Si en lugar de aplaudirnos se atreven a exigirnos, que no les quepa duda, la respuesta será el ataque y la calumnia, parece la instrucción.

¿Te mataron a tu familia y sales a marchar? Estás haciendo un show. ¿Tu hijo está muriendo y protestas? Eres un fifí que quiere desestabilizar al país. ¿Publicaste una nota sobre desaparecidos? Eres un chayotero. Es el nuevo estándar moral para los militantes de la “cuarta transformación”: linchar en medios y redes a las madres de niños con cáncer, que lo único que quieren es medicinas; acosar en la calle a los padres de víctimas del narco, que lo único que claman es justicia; desatar los insultos más bajos contra periodistas que informan estas realidades, cuya falta es hacer su trabajo con apego a la verdad.

Éste es también un mensaje para el resto de los críticos: si el gobierno está dispuesto a agredir a los mexicanos que más dolor han experimentado, que nadie más espere un trato mejor si se le ocurre contradecir al régimen.

No les importan los 36 mil muertos que llevan; no les importan los enfermos que sufren por su negligencia; no les importa que haya menos empleos y más violencia; lo que les importa es que ganaron una elección. ¡Sonríe! ¡Vámonos a festejar al Zócalo! Y quien no aplauda es un conservador, traidor, un fascista.

Así, en días recientes hemos visto cómo, con la licencia para ser miserable que se les expide cada mañana, los defensores del gobierno van sembrando odio y repartiendo crueldad; lo hacen con un fanatismo ciego que mi generación nunca había conocido, y que yo me niego a aceptar como algo normal para México. Hace dos días, un subsecretario llamó “marranos” a los familiares de las víctimas de la violencia. A ese extremo hemos llegado.

¿Qué hacer entonces? Ante todo, no hay que dejarse envenenar por esta retórica que promueven y en la que quieren que caigamos, para poder tacharnos de intolerantes y agresivos. A su desvergüenza hay que responder con nuestra empatía hacia las víctimas; a sus intentos para dividir al país entre mexicanos buenos y malos, hay que contestar creando diálogo y solidaridad entre las oposiciones; de cara a sus ofensas hay que apostar por los argumentos, y así hay que demostrarlo: en debates, en los medios, en las redes y en las calles.

A su decisión de ser mezquinos hay que contrastarle nuestra convicción de ser decentes; porque eso, la decencia, no se consigue ni con 30 ni con 100 millones de votos.

Las batallas por principios suelen ser largas y extenuantes, pero al final siempre se ganan, porque mientras el poder es pasajero, la ética y la razón son duraderas.

Hoy quienes tienen el poder lo usan para destruir; por eso, cualquiera que aspire a ser alternativa debe ofrecer horizontes nuevos, que dialoguen y construyan. En esa lucha estamos y seguimos.

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POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA
DIPUTADO CIUDADANO EN EL CONGRESO CDMX
@guillermolerdodetejada


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