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La ciudad toma sus calles

OPINIÓN

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En un país secuestrado por la violencia y la corrupción, da gusto que una iniciativa verde funciona, continúa y es acogida con fervor por los usuarios. Ese es el papel de los alcaldes, creo yo, voltear a ver a sus ciudadanos y mejorar su vida. La ciudad, dice Edward Glaeser, es el mejor invento de la humanidad, porque en ella se puede ser más inteligente, más creativo, más feliz. Para los menos urbanos, tal dicho —basado en datos empíricos, esperanza de vida, enfermedades y un sinfín de etcéteras— suena contraproducente.

¡Hay que volverse rurales, orgánicos, perecederos!, dicen. Vivo ahora en una ciudad —o más bien un pequeño pueblo— no mayor a 20 mil personas. Quizá por eso cada vez me sorprende más la CDMX, con sus más de 25 millones de habitantes. El cierre de Madero entre semana, para el esparcimiento del peatón, ese sujeto que resurge como verdadero usuario de la dimensión más agradable de la urbe: la calle.

El automovilista transita, se desplaza. El peatón goza. Pero el fin de semana el cierre empieza de Reforma, la calle más hermosa que queda en la capital, sigue por Juárez, luego Madero, y converger en un Zócalo con gente dispuesta a convivir. Mucho se ha escrito sobre la violencia consustancial al DF. Quienes no hemos vivido allí nos preguntamos cómo puede alguien habitar la ciudad sin volverse loco, teniendo que trasladarse horas enteras, temiendo ser asaltado. Sí, pero en la ciudad también se pueden cerrar los ojos, para parafrasear a Villaurrutia.

Miles de ciclistas se unen a peatones el fin de semana y se reapropian de la ciudad. La habitan, no sólo la sobreviven o padecen. La ciudad es suya, y esa es la mayor virtud de la iniciativa pública de devolverle las calles a la gente, sus calles. Pienso en un defeño promedio que vivía cerca de una gran avenida o eje central antes de los segundos pisos y al que hoy le pasa el monstruo de coches a 20 metros de la ventana del cuarto piso del edificio en que vive por la metamorfosis de la ciudad, que pide a gritos más y más calles para los autos y que a falta de espacio empieza a vivir como en una película de ciencia ficción, en el aire.

Esa persona ahora va a Chapultepec, camina o anda en bici con toda su familia. Respira. Al menos por unas horas, y puede volver a las dificultades de su vida normal el lunes siguiente. Faltan más y más iniciativas como estas: parques, lectura y pintura. Paloma Sáiz y sus ideas innovadoras de sacar los libros a las banquetas, a las plazas, de hacer leer a los que van en el Metro, a los policías (y quizá también a los ladrones). Y se debe seguir impulsando la calle, ese lugar donde de verdad se está.

No en el departamento, no en la pequeña sala atestada, donde la televisión te roba el alma y el espíritu. ¿Qué tal dedicar un tiempo de los noticiarios a la crónica periodística y no a la nota roja? Que nos enteremos cómo viven en Aguascalientes, qué hace una persona en Yucatán o un pescador en Colima. Llenemos de vida la pantalla y si no se puede ni nadie nos hace caso, tomemos de nuevo las calles por asalto. Es en la calle, con sus sabores y sinsabores,

POR PEDRO ÁNGEL PALOU

COLABORADOR

@PEDROPALOU

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