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Mercados vengativos

Las fichas con las que cuenta el gobierno para enfrentar a los mercados globales son muy limitadas

OPINIÓN

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El capitalismo creó los mercados como el instrumento para ofrecer y demandar productos libremente, rompiendo así con la estructura estamentaria medieval. Para los teóricos del socialismo y la revolución, estos mercados eran el espacio en donde la fuerza de trabajo se vendía como una mercancía más, siendo la generadora de valor adicional. Dominar el mercado para imponerle las modalidades de una sociedad más justa, fue el objetivo de los regímenes del socialismo realmente existente.

El fracaso de éste fue total. Los mercados encontraron los resquicios para crear economías paralelas y finalmente la improductividad del modelo colapsó a finales del siglo pasado.

La apuesta socialdemócrata de combinar un capitalismo bajo el control del Estado tampoco se sostuvo, fundamentalmente por la imposibilidad de conciliar el sistema asistencial con los recursos reales obtenidos por los gobiernos, lo que terminaba produciendo déficits imposibles de financiar y por lo tanto caídas constantes en los niveles de productividad y de viabilidad de dichas economías.

Pero también aquellos que se pronunciaron por dejar a los mercados funcionar totalmente al libre juego de la oferta y la demanda vieron fracasar su apuesta de crecimiento y desarrollo constante. La tendencia natural a una concentración de los capitales provocó la creación de monopolios y oligopolios que estrangularon las economías y empobrecieron a las sociedades concentrando el ingreso en unas cuantas manos.

En México, el Estado rector de la economía fracasó por su incapacidad para financiar sanamente un modelo de crecimiento conjunto entre la iniciativa privada y los gobiernos de la Revolución.

El capitalismo de compadres y amigos subsistió aún en la transición democrática, e impidió una libre competencia regulada de manera que los monopolios creados anteriormente fueran perdiendo preponderancia en los mercados.

Hoy, estructuras monopólicas imponen condiciones a un Estado débil y sin capacidad real de condicionar a estos capitales.

Es a esto algo López Obrador le teme: a la venganza de los mercados y su capacidad de destrozar proyectos poco rentables como la refinería, el tren o Santa Lucía. Las calificadoras son su enemigo, pero el secretario de Hacienda concilia con ellas proyectos presupuestales para evitar reacciones adversas a la economía mexicana.

Las fichas con las que cuenta el gobierno de López Obrador para enfrentar a los mercados globales son muy limitadas, y la capacidad de éstos de tomar venganza de desequilibrios financieros es enorme, al grado de poder destrozar de un momento a otro la confianza internacional construida por los gobiernos neoliberales mexicanos. Estamos jugando al filo de la navaja y con grandes riesgos de perder.

POR EZRA SHABOT

EZSHABOT@YAHOO.COM.MX 

@EZSHABOT

edp